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¿Qué se siente vivir en la Presencia de Dios? (Un bello testimonio)

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Desde que tengo memoria, he vivido bajo la sombra del Altísimo, al amparo de Dios. Y no es que sea su mejor hijo o que le muestre fidelidad y amor. Al contrario, soy de los que caen y se levantan, me equivoco y vuelvo al camino. No siempre me comporto como debiera. Él no está conmigo por mis méritos o por lo que soy sino porque nos ama. El amor es así: “todo lo perdona”.

En tu caso es lo mismo. Te ama igual o más. Sencillamente te ama. Y para esto no hay explicaciones.

Te cuida, guía tus pasos y te busca como el padre del hijo pródigo que todas las tardes salía a la vereda del camino para ver si lo encontraba caminando de vuelta a casa. Somos de Dios, muy amados.

La Escrituras nos lo recuerda constantemente:

“Ustedes, hijitos, son de Dios”. (1 Juan 4, 4)

La primera palabra de la oración que nos enseñó Jesús y que a diario rezamos, es: “Padre…”

Dios es padre, pero un padre eterno, Todopoderoso, para quien nada es imposible.

“Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”
(Lucas 11, 11)

Me encanta saber que Dios es mi padre.  A veces me detengo a pensar en ello y me quedo horas reflexionando. Si tuviésemos esa certeza no andaríamos por el mundo tan preocupados, con tanta zozobra.

A veces me preguntan qué se siente vivir en la presencia de Dios.  Las vivencias son variadas. Nadie lo vive igual. En mi caso me siento amado y protegido, consentido. Sé que me dará lo que le pido, si lo hago con fe e insistencia, si servirá para la salvación de mi alma.

Ser papá me ayuda a comprender mejor esta experiencia única. Somos limitados en nuestro entendimiento, porque nuestra vida en la tierra es temporal y somos mortales. Me han dicho que podremos acercarnos a la plenitud cuando vayamos a la presencia de Dios.

Por lo pronto debo buscar imágenes que me ayuden y la que mejor lo refleja son los niños pequeños que caminan en un parque de la mano de sus padres. Los veo constantemente. Los niño van seguros, felices, orgullosos de sus papás, siguiendo sus pasos, tratando de complacerlos.

Recientemente encontré estas palabras en uno de mis diarios: “Cuando era pequeño, hablaba con Dios, ahora de grande volvemos a estar juntos”.

¡Qué bueno eres Señor!

…………..

 

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