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¿Qué ocurre cuando experimentas el amor de Dios?

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El amor de Dios nos sobrepasa. No podemos siquiera imaginarlo. Abarca la eternidad. Y nos lo ha dejado como un mandamiento: “Amar”.

El amor de Dios es algo en lo que suelo reflexionar. Veo la naturaleza, sus muchos detalles y comprendo que es un Padre estupendo. Que desea nuestra felicidad. Y está pendiente de los pequeños detalles que rodean nuestras vidas, en lo cotidiano. Él siempre está allí, para nosotros, disponible, esperando nuestro retorno. Que lo llámenos Padre con el corazón.

En ocasiones recuerdo a estas jóvenes que tuvieron un terrible accidente en auto. Se fueron por un barranco. Quedaron muy graves, sin poder moverse. En aquella dolorosa y angustiante circunstancia pudieron gritar desesperadas, y en lugar de esto, en un gesto último de amor, a medida que cerraban sus ojos y partían para la eternidad una de ella musitó: “Dios es amor”. A su lado otra repitió: “Dios es amor”. Y así un tras otra, como una oración grata a Dios repetían: “Dios es amor”.

¿Has experimentado alguna vez su amor? Es una sensación tan grande y maravillosa que te confunde y no sabes en un principio lo que ocurre. No tienes idea que es Dios que pasa y te ha tocado el alma, llenándola de gracias innumerables.

«Por nuestra parte, hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es amor: el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.» (1ra de Juan 4:16)

Es maravilloso pensar que Dios nos ama tanto.

Conocí una joven a que tuvo esta experiencia. Me di cuenta que algo había cambiado en ella. Estaba siempre alegre. Feliz. Parecía otra persona. Aquí recordé aquello de “nacer de nuevo”.

Solía estar triste y amargada. Ahora la veías tratar con amabilidad a todos y su preferencia eran los pobres y desamparados. Abrazaba y hablaba de Dios. Un día me contó. Fue como entrar en una tormenta súbitamente. Recuerda que sintió ganas de llorar al pensar en su vida pasada. Lloraba y no sabía por qué. Siguió llorando, pero esta vez de felicidad. Un gozo enorme le llenó el corazón.

“Era como caminar sobre una nube, no estabas en esta tierra. Lo que antes era tu prioridad, el dinero, tu posición social, lo que otros pensaran de ti, pasó a último plano.

Ahora sólo importaba lo que Dios pensaba de ti. Es curioso, sentí la necesidad de saber más de él. Y empecé a asistir a la misa diaria y a frecuentar los sacramentos. Me ilusionó abrir esa Biblia olvidada que tenía en casa”.

Aún la veo en misa, sigue igual, feliz. Participa en la parroquia y es feliz. Dios tuvo misericordia de ella y la rescató.

Con el tiempo supo que muchas personas estaban rezando por ella. Ese el poder de la oración, que siempre renueva nuestras vidas. Por eso te recomiendo, no te canses de orar por aquella persona. Ten fe y paciencia, Los tiempos de Dios no son como los nuestros.

Confía, que Él siempre escucha.

Santa Mónica, la madre de san Agustín, es el mejor ejemplo de la persistencia en la oración. Persevera… ¡Ánimo!

¡Dios te bendiga!

 

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