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¿Qué le puedo ofrecer a Jesús crucificado? (Un testimonio bellísimo)

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Cuando era niño vivía con mis padres y mis dos hermanos, Henry y Frank, en la Provincia de Colón, una ciudad costera en Panamá. Queda en la entrada del Canal. Sus edificios mantenían una estructura tipo Art Deco. Un lugar estupendo para un niño crecer, cerca del mar. Con la brisa marina corriendo todo el tiempo. Cuando llovía sus calles se inundaban porque estaba construido debajo del nivel del mar. Y Colón se convertía en una enorme piscina.

Hace 40 años de eso, pero los recuerdos se mantienen vigentes en mi alma y sigo tratando de reencontrar al Claudio aquél con el alma pura, inocente, para el que la vida era un regalo de Dios. Y cada día una oportunidad para amarlo más.

A veces buscamos los días de la infancia cuando todo era puro y sencillo.

A la vuelta de mi casa existía un supermercado con un gran estacionamiento. Para semana santa colocaban una enorme pantalla en la que pasaban cada noche una película en blanco y negro, sobre la pasión de Cristo. Cientos de sillas apiñadas.  De pronto llegaban las personas y se llenaba aquél lugar a eso de las siete de la noche.

Recuerdo mi impresión al ver cómo crucificaban a Jesús.

A esa edad pensaba: “¿Cómo pudiste hacer esto por nosotros?” Me parecía imposible tanto amor.

Cada noche íbamos con mis hermanos y mis papás. Caminaba en silencio. Iba pensativo. Sorprendido. Curiosamente mi papá era hebreo. Aun así nunca dejó de llevarnos.

De grande busco el tesoro que perdí al crecer: “La pureza del alma”.

En estos días santos pienso mucho en lo que hizo el buen Jesús y de alguna forma quisiera retribuirle. Pero somos tan imperfectos. Yo un pecador, ¿qué puedo dar que le agrade?

Iré a verlo en aquella Cruz que cuelgan en mi parroquia. Llevaré conmigo este hermoso poema al Cristo del Calvario, de Gabriela Mistral.

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?…

En días como hoy, suelo preguntarme qué puedo ofrecer a Jesús que lo dio todo por mí.  Y como respuesta llegan a mi mente estas palabras:

«Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio.» (Mt 9, 13)

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