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¡Qué horror! Va a misa y mira cómo se comporta

© Iglesia en Valladolid
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Hoy vine temprano a misa. Hay días especiales en los que sin la misa no podría avanzar. 

Llego sin fuerzas, preocupado. Buscando algo de paz y serenidad. Suelo escuchar con detenimiento el Evangelio. Encuentro a menudo las respuestas que necesitaba en sus palabras. Ayer, por ejemplo, me sorprendió mucho.  

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre” (Lc 11, 5-13).

Me quede pensando en ello. Jesús nos dijo: «Yo soy el Camino, la verdad y la vida». Por tanto esas palabras son ciertas.

No sólo nos decía qué hacer sino cómo lograrlo.  Nos enseña cómo pedir… con insistencia, molestando, sin desanimarnos, con un sentido de:

«No me iré hasta que me des lo que te pido».

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite”.

He podido comprender a las señoras que vienen todos los días a misa y que están dispersas en las bancas a mi alrededor. Escuchan con mucho interés las palabras del sacerdote. Ellas se llevan el mayor tesoro.  Cada día guardan a Jesús en sus corazones y regresan a sus casas esparciendo Su amor.

Caminan por nuestras avenidas como sagrarios vivos,»irradiando a Cristo»

He escuchado en ocasiones esta frase:

«Qué horror. Va a misa y mira cómo se comporta».

Yo mismo he tenido la tentación de pensar así de algunas personas. Entonces el buen Dios me da una de sus acostumbradas lecciones para que tenga algo de humildad. Me toca discutir con alguien en un asunto y de pronto me mira bien y pregunta:

«Disculpe… ¿Usted no es el que escribe esos libritos católicos? ¿El que habla de humildad y que debemos ofrecer todo a Dios?”

Sonrío porque reconozco de dónde viene esta jalada de orejas. Y le digo:

“Rece por mí. También soy de carne y hueso y no siempre tomo las mejores decisiones”.

La misa ha terminado. Me detengo en el portón de la puerta y desde allí miro hacia el sagrario solitario donde está Jesús.  Le dejo una oración que me acompañará durante el día:

“Buen Jesús, te ofrezco mi día. Aumenta mi pobre fe. Hazme humilde como Tú».

Me espera el mundo y nuevas experiencias y pruebas.

Reza por mí querido lector y cuando vayas al sagrario, saluda a Jesús de mi parte.

 

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