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«¿Qué hago con este sufrimiento?» «Jesús en el sagrario te consolará» (Un testimonio hermoso)

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Hoy me senté a escribirte. Quiero pedirte que no pierdas la esperanza, a pesar de lo que ahora vives. No cedas. No dejes de perseverar. No pierdas la Fe. ¡Vamos! ¡Arriba! Tú puede más de lo que piensas.

Hay tantas preguntas sin respuesta. ¿Por qué el sufrimiento?  ¿Por qué Dios escogió el dolor y una espantosa muerte en la Cruz para redimirnos? Es un misterio que me sobrepasa. Una vez leí que Dios así lo dispuso porque el dolor es algo que todos podemos entender. Y

Al ver a Jesús en esa Cruz sabemos lo que allí ocurre y esto nos mueve al arrepentimiento y la conversión y a amarlo por lo que hizo por nosotros.

“¿Y qué hago con todo esto que vivo y que duele?”

“Ofrécelo a Dios y persevera para salir adelante”.

En su segunda aparición, en 1916, entre Ángel en Fátima y los pastorcillos se dio este diálogo:

“¿Qué hacéis? Rezad, rezad mucho. Los Santísimos Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios”.

“¿Cómo nos hemos de sacrificar?”

 “En todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio como acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad, con sumisión, el sufrimiento que el Señor os envíe”.

El mundo necesita tus oraciones y sacrificios.  Si no lo crees compra el diario de la mañana y mira su portada. Eso debe bastar para que abras los ojos.

Me gusta rezar con esta oración que el Ángel de Portugal les enseñó a los niños de Fátima:

 “¡Dios mío! Yo creo, espero, os adoro y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no esperan, no adoran y no os aman”.

Hace unos días me telefoneó una dulce abuelita para contarme lo que estaba viviendo. El sentirse poco amada, desamparada y hasta humillada. Me dolió mucho escuchar sus palabras. “¿Cómo es posible?” me pregunté. Y luego reaccioné.

Recordé que, a pesar de nuestras miserias, tenemos un Padre en el cielo y le recomendé: “Ofrezca todo. Hay tantas necesidades de oración y ofrecimiento. Ofrezca su dolor por los sacerdotes para que sean santos. Por los niños enfermos en los hospitales. Por los grandes pecadores. Por las almas del purgatorio”.

A los días me volvió a llamar. Esta vez algo había cambiado en ella.

Fui a visitar a Jesús en el sagrario de mi Iglesia, al terminar la misa de las seis de la mañana. Me quedé con Jesús. Y le ofrecí todos mis sufrimientos por la conversión de los grandes pecadores y las necesidades del mundo. Experimenté una paz inigualable. Todo cobraba sentido. No quería marcharme de aquel oratorio. Allí estaba Jesús consolándome, diciéndome que me amaba. Me sentí amada. Feliz. Y ahora espero ilusionada que pasen las horas para ir mañana a visitarlo de nuevo y acompañarlo y saberme acompañada y amada”.

……..

 

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