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¿Por qué valoro tanto la Misa? (Un bello testimonio)

Alessia Giuliani (CPP/Ciric)
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Cuando empecé a ir a la misa diaria, conocía muy poco de Dios. Venía de un mundo que me había absorbido y vivía con deseos de triunfar, tener bienes, ser conocido.

La palabra humildad era desconocida para mí.

De alguna forma Dios me fue moldeando nuevamente y con una paciencia infinita, más allá de mi pobre comprensión.

No podía comprender tanto amor. Conociendo mi vida… ¿Cómo era capaz de amarme tanto?

Me di cuenta que Dios como padre, es celoso de nuestro amor. Quiere ser conocido y amado por sus hijos con libre albedrío.  A medida que lo iba conociendo sentía en mi interior como una urgencia de vivir en su cercanía. Anhelaba vivir en la presencia de Dios.  Me dolía ofenderlo.

Empecé a rezar con los salmos. Cada uno me mostraba un rostro diferente de Dios: Misericordioso. Bondadoso. Poderoso.

«Grande es el Señor, muy digno de alabanza, y no puede medirse su grandeza. De generación en generación se celebran tus obras, se cuentan tus proezas. El esplendor, la gloria de tu Nombre, tus maravillas, los repetiré.

De tu poder formidable se hablará, y tus grandezas yo las contaré. Nos harán recordar tu gran bondad y se proclamará tu justicia.

El Señor es ternura y compasión, paciente y lleno de amor. El Señor es bondad para con todos, sus ternuras están en todas sus obras.»  (Salmo 145)

Tomé aquella Biblia olvidada en una esquina la abrí y empecé a leerla.

Estas palabras empezaron a cobrar vida y significado ante mis ojos:

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.» (Juan 3, 16)

Esto fue lo primero que me impresionó al redescubrir a Dios: “Su amor”.

No me lo creía de lo maravilloso que era.

Se despertó en mí tal hambre de Dios. Quería conocerlo más. Saber de Él.

Necesitaba alguien que me hablara de Dios y esto lo encontré en las homilías de los  sacerdotes. Así llegué a valorar sus palabras y escucharles con atención.

Los sacerdotes me alimentaban con la Palabra de Dios. Y yo tenía mucha hambre.

La Misa diaria se volvió parte de mi vida. Me mostró una realidad que desconocía.

Descubrí algo impresionante:

“Esas abuelitas que siempre veía sentadas en primera fila, en silencio y oración, tenían razón”.

Ellas se llevaban la mejor parte.

Han pasado veinte años desde aquellos días en que empecé a escalar la montaña de Dios. He caído cientos de veces. Me levanto y vuelvo a empezar.

Me basta ir a Misa para que Dios encienda una hoguera en mi alma y se disipe la oscuridad que me rodea.

Me basta ir a Misa para recuperar la paz.

Me basta ir a Misa para llenarme de esperanza, sabiendo que soy especial para Dios y que me ama infinitamente.

 

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