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«¿Por qué estamos aquí?» ¿Te lo has preguntado alguna vez? (Un testimonio fuerte)

Oleg Golovnev/Shutterstock
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A veces me detengo a reflexionar en el silencio.

«¿Te gusta el silencio Claudio?»

«Me encanta estar rodeado de personas y compartir nuestras vidas. Pero hay momentos en los que valoro el silencio. Me permite escuchar y comprender la cercanía de Dios».

Hay silencios únicos que estremecen. Hace poco me ocurrió. Es el silencio alrededor de una persona que ha partido de este mundo. Todos se sientan aturdidos, con sus pensamientos lejanos. Está el cuerpo frente a ti, sin vida. Lo miras y te preguntas si de esto se trata todo.  ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos aquí?

Reflexioné de pie en aquél cuarto en el que una vez sonrió, habló, caminó, tuvo sueños, leyó un libro. Te das cuenta que este mundo nada te ofrece que valga la pena dar tu vida para aferrarse a ellas. Aquí todo pasa. Dios, en cambio, te ofrece una maravillosa eternidad a su lado.

La elección es simple. Entre este mundo temporal y el Paraíso eterno, me decido por Dios.

Hay silencios cortos, el silencio de la espera, en un hospital, en la fila de un banco. Son momentos que aprovecho para pensar en Dios. Experimento su dulce cercanía.

He llegado a pensar ingenuamente que el cuerpo es como un automóvil que se va oxidando con los años y al final se deja estacionado en alguna esquina de una ciudad. El alma que nos mueve es el conductor que lo usa para llegar a su destino. ¡Qué poco sé!

En mis pobres pensamientos trato de comprender la naturaleza de nuestras vidas y el destino que Dios en su bondad infinita nos tiene preparado.

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.» (Juan 14,  1-2)

Me doy cuenta que no lo merezco, que todo es gracia, gratuidad. Que Dios lo da porque le place hacerlo, porque nos ama.

Suelo pensar: “Qué bueno que Dios es bueno”.

El silencio que más me gusta es el que precede a la oración, cuando te sientes lleno de Dios y el mundo cobra un nuevo aspecto, sobrenatural. Y la creación y todo a tu alrededor te habla de Dios. Y comprendes que estamos hechos para la Eternidad.

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«Atrapa al lector desde la primera página».

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