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Por nada en este mundo abandones la oración (Un bello testimonio)

Toa Heftiba/Unsplash | CC0
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Todos los días antes de sentarme escribir los artículos de Aleteia, o trabajar algún libro de crecimiento personal y espiritual, lo primero que hago es tener un rato de oración.

No puedo nada sin la oración. Para mí, la oración es fundamental antes de emprender cualquier actividad.

Rezar es ponernos en la presencia de Dios para quién nada es imposible. Le pido que me guarde de todo mal, que me ilumine, que envíe su Espíritu Santo. Y me hace experimentar su presencia y su amor infinito, para poder compartirlos contigo.

Sin la oración me siento perdido. Y no sabría qué escribir ni qué decir para animar a otros. La oración me permite experimentar su dulce presencia.

¿Te ha pasado alguna vez que rezas y te pronto te inunda una paz que sobrepasa tu entendimiento?

Luego de este rato de oración personal colocó frente a mí una cruz, la contemplo, hago la comunión espiritual y empiezo a escribir en su dulce presencia.

A menudo recuerdo estas palabras del libro “Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis, que sostenía mi papá al momento de morir:

“…por qué tenéis tomar la cruz, por la cual se va al reino? En la cruz está la salud, en la cruz la vida, en la cruz está la defensa de los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma, ni la esperanza de la vida eterna, sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz, y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna”.

Cuando me escriben los lectores y me preguntan cómo emprender una tarea titánica, o enfrentar la adversidad, cómo hacer algo nuevo o participar en un apostolado… A todos les sugiero lo mismo: “Tener un rato de oración”.

Primero la oración después todo lo demás.

Conviene también contemplar a Jesús en la cruz para recordar su inmenso amor por nosotros, y que nada podemos sin Él.

“Una rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece unida a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, pero sin mí, no pueden hacer nada.” (Juan 15, -5)

Esa es la receta espiritual:  Rezar.  Sobre todo en estos tiempos que vivimos.

Por nada en este mundo abandones la oración.

¡Dios te bendiga!

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