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¿Perdiste un ser amado? (Un bello y consolador testimonio)

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Cuando alguien cercano muere, un extraño sentimiento se apodera de los presentes. Hay un dolor hondo por la pérdida, pero de pronto te inunda como una paz que sobrepasa el dolor. Y te das cuenta que no proviene de ti. Es Dios, que de alguna forma ha venido a consolarnos y decirnos que está presente, que no debemos temer.

Reconocemos su presencia amorosa en medio de nosotros, sus hijos.

Dios se hace presente, como todo buen padre, para darnos consuelo y esperanza.

Esa paz extraordinaria, íntima, te hace recordar estas bellas palabras de Jesús:

La paz os dejo, mi paz os doy”. (Jn 14, 27)

Vi la muerte de cerca, hace unos días, en un familiar. Es curioso. Al notar la paz y serenidad en su rostro, piensas que se ha marchado de viaje. Y no estoy lejos de la verdad.

Termina su peregrinar en este mundo y parte al Paraíso donde lo espera nuestro Dios, los santos, sus familiares que han partido, la Virgen María, el buen san José y nuestro amado Jesús.

¿Imaginas ese maravilloso encuentro?

Estoy aquí, frente a él y no puedo dejar de reflexionar en la vida y lo corta y maravillosa que es. Se va en un suspiro.

¿Qué hacemos con este don que Dios nos da?

Acaba de partir y me doy cuenta de algo fundamental. Te preguntas: ¿Qué es lo realmente importante? ¿El dinero? ¿Los bienes materiales? Comprendes que nada material importa en este momento, porque no puedes llevar contigo ninguna de esas cosas.

En este momento único de tu existencia lo que importa es el amor, cuánto amaste, el bien que hiciste, la misericordia, tu fe. Nada más importará en la presencia de Dios, que es amor y nos ide amar, ser misericordiosos.

Irás al encuentro del Padre celestial, estarás en su dulce y amable presencia. Ahora lo sabes.  La pregunta que te hará es muy simple, sencilla: “¿Amaste?”

Saldré a caminar afuera un rato, tomar un poco de aire fresco. Necesito encausar mis pensamientos.

Hace unos días estuve en la misa de una persona que había fallecido. El buen sacerdote me sorprendió por sus palabras en la homilía. Dijo algo que nunca olvidaré:

En un cementerio de Europa vi una lápida con estas palabras consoladoras: “Cuando nací, todos reían y yo lloraba. Ahora que muero, todos lloran y yo río”.

Acaba de morir un familiar y aquí estoy, reflexionando en el sentido de nuestras vidas. Y me cuestiono:

“¿Qué he hecho con la mía? Y todavía algo, más importante: ¿Qué haré con lo que me resta de vida?”

Me gustaría dedicar estos años a disfrutar sanamente la vida y compartir con mi familia. Anhelo conocer y amar más a Dios, nuestro Padre, hablar con Él, en la oración cotidiana. Deseo tener esa oración profunda e íntima que te acerca a Dios. Escribir estas experiencias. Compartirlas con ustedes. Ser feliz en la presencia de nuestro Padre celestial.

Quisiera caminar con la mirada en el cielo, pedir a Dios la constancia, la gracia para perseverar, tener anhelos de eternidad.

Como dijo san Benito al momento de su partida: «Hay que tener un deseo grande del cielo».

Te dejo con esta bella y consoladora canción.

 

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¡Dios te bendiga!

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