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Pararse a contemplar la INMENSIDAD de Dios. (Un bello testimonio)

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Me encanta reflexionar en las cosas de Dios, el conocimiento de Dios y cómo interviene y mejora nuestras vidas en lo cotidiano, en la vida práctica. Suelo ir a un parque a ver la naturaleza que me habla del amor de Dios, o me refugio en la Biblioteca entre libros, con un silencio hondo que me ayuda a pensar y reflexionar.

Pero el lugar que más disfruto y más me gusta es un pequeño oratorio donde está Jesús Sacramentado, en el sagrario, esperando ilusionado por nosotros. He venido aquí a orar y reflexionar. Y me doy cuenta de nuestra fragilidad humana.

Cuando descubres la inmensidad de Dios te das cuenta que somos simples vasijas de barro, que guardan un alma inmortal. Estamos en peligro de caer y rompernos y llenarnos de tierra que son los pecados.

Sí, somos simples vasijas de barro en las que Dios quiere morar y llenarse de alegría al poder señalarnos y decirles a todos: «Este es mi hijo. ¿Ven cómo se esfuerza por vivir en mi presencia?»

Somos frágiles, podemos rompernos, pero a la vez hay algo extraordinario en nosotros, Dios puede recomponernos y volver a dejarnos como éramos al principio, intactos, en cada confesión sacramental.

Somos como vasijas de barro que guardan un alma inmortal y también guardamos a Dios. «Somos templos del Espíritu Santo». Por eso hay que mantener limpio su interior, libre de todo pecado y mancha.

Somos frágiles vasijas de barro, nos morimos y nos volvemos polvo, pero queda nuestra alma inmortal. Cuídala que es lo que va a perdurar de ti, alimentala con la gracia de Dios y los sacramentos, evita los malos pensamientos y el pecado que la mancha y ofende a un Dios tan bueno.

Cada vez que Dios derrama su gracia y estamos en pecado mortal, es como echar un buen vino en vasijas viejas, sucias y manchadas. El vino se convertirá en vinagre y se perderá.

Escribo estas palabras frente al Santísimo. Hoy es jueves Eucarístico, mi día favorito. Me encanta venir a este pequeño oratorio y visitar a Jesús. Y hablarle de ti y todos los que leen estos escritos, quiero hacerle compañía, decirle que le quiero.

Es maravilloso estar en su dulce presencia y poder decirle de frente a Dios que lo amamos.

¡Qué bueno eres Señor!

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