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«Oh, amado Jesús. Ayúdame a esparcir Tu fragancia por donde quiera que vaya». ¿Conoces esta bella oración?

Antoine Mekary | ALETEIA
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Los grandes milagros en mi vida han ocurrido un Jesús Eucarístico. Suelo decir que son regalos del cielo, una muestra del amor inmenso y generoso de Dios. Por eso me encantan los días jueves. Voy con Vida, mi esposa, a la Hora Santa después de la Eucaristía. Adoramos a quien lo ha dado todo por nosotros, el buen Jesús. El Hijo de Dios.

Cuando el sacerdote deja expuesta la hostia consagrada a la vista de todos, me conmuevo profundamente. Lo veo, sé que es Él, me lo dice todo mi ser. Y me aferro a mi pobre fe. Nunca pierdo la oportunidad para pedirle esta gracia que tanto necesito:

“Buen Jesús, yo creo, pero aumenta mi pobre fe. Que te reconozca VIVO y presente en el santísimo sacramento del altar”.

Me gusta en ocasiones rezar esta oración tan bella a Jesús Sacramentado. Y es que estamos tan necesitados de su gracia y su amor, para poder continuar el camino en esta tierra, que nunca serán suficientes nuestras súplicas. Por eso debemos ser persistentes. Perseverar en la fe y la oración, para ser escuchados.

He anotado la oración que tanto me gusta. Mañana cuando vea a Jesús Sacramentado, la rezaré con profunda devoción, como un gesto de amor, como de un alma necesitada de gracia.


Oh, amado Jesús.
Ayúdame a esparcir Tu fragancia
por donde quiera que vaya.

Inunda mi alma con Tu Espíritu y Vida.

Penetra y posee todo mi ser tan completamente,
que mi vida entera sea un resplandor de la Tuya.

Brilla a través de mí y permanece tan dentro de mí, que cada alma
con que me encuentre pueda sentir Tu presencia en la mía.

¡Permite que no me vean a mi sino solamente a Jesús!

Quédate conmigo y empezaré a resplandecer como Tú,
a brillar tanto que pueda ser una luz para los demás.

La luz oh, Jesús, vendrá toda de Ti, nada de ella será mía;
serás Tú quien resplandezca sobre los demás a través de mí.

Brillando sobre quienes me rodean,
permíteme alabarte como más te gusta.

Permíteme predicarte sin predicar,
no con palabras sino a través de mi ejemplo,
a través de la fuerza atractiva,
de la influencia armoniosa de todo lo que haga,
de la inefable plenitud del amor
que existe en mi corazón por Ti.

 

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