Aleteia

Muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y rece por ellas

Fatima
Antoine Mekary | ALETEIA
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Nunca quise escribir sobre la presencia e influencia del diablo en nuestro mundo. “Es orgulloso”, me decía, “y no quiero darle el gusto de mencionarlo”. Fue un error. Es como barrer una casa y guardar la basura debajo de una alfombra en lugar de echarla fuera. Sigue allí, aunque no la veamos.

Hay que hablar de él, que el mundo sepa que existe, que busca destruir la humanidad, y robarnos una eternidad feliz al lado de Dios.

Es tal su odio que no te lo puedes imaginar.

¿Reconoces su influencia en el mundo? Sólo lee las noticias en los diarios. Su presencia se percibe en muchos lugares por la maldad que siembra y esparce.

No puedes defenderte si no conoces a tu enemigo. Es como si te enviaran a la guerra y no te dicen contra quién debes luchar, quién va a atentar contra tu vida.

El pecado lo descubre, el pecado reciente en la Iglesia de diferentes lugares, te indica que está cerca y muy activo.

La Virgen en Fátima nos alertó al mostrar el infierno a los pastorcillos, para que nadie pueda decir: “No sabía”.

“El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: -«Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón…”

Les pidió rezar el Rosario todos los días.  Y luego les dijo con la mirada triste: «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Son muchas almas las que van al infierno porque no hay quien se sacrifique y rece por ellas». (agosto de 1917)

Parece que dependemos los unos de los otros. Es por ello que cuando alguna persona sufre una enfermad, humillaciones o cualquier tipo de sufrimiento le recomiendo: “Ofrécelo todo a Dios, por la salvación de las almas de los grandes pecadores”.

Sé que no es fácil. Me tocó hace poco. Acababa de dar este consejo y a los minutos tuve una desagradable experiencia. Me di cuenta de lo que ocurría: “¿Cómo vas a aconsejar a otros si no eres capaz de ofrecer y perdonar?”  Acudí a la oración. En la oración pedí a Dios que me concediera humildad y sabiduría. Sólo entonces perdoné y ofrecí a Dios lo que me había pasado.

El mundo necesita de tus oraciones y sacrificios.  Inténtalo. Yo sé que puedes. ¡Animo! Encomiéndate a la Virgen María. Ella velará para ayudarte y pedirá a su hijo por ti.

Saquemos nuestros Rosarios y empecemos a rezar.

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