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Mi dulce y buen Jesús, ¿qué haces encerrado en el sagrario? (Testimonio)

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Son las 11:00 pm He venido a la Iglesia de Guadalupe en Panamá, para ver a Jesús en el sagrario. Hacerle compañía.

Últimamente muchas personas con un corazón noble y bello me escriben diciendo: «Hoy estuve acompañando a Jesús y le dije: acuérdate de Claudio que te manda saludar». No imaginas lo feliz que me hace leer esas palabras.

Sé que a Jesús le encanta que lo visiten. Y cuando le das mi saludos lo imagino pensando: » Otra vez ese Claudio». Y me sonrío de puro gusto.

Esta noche he querido dedicar un rato para rezar por tus intenciones. Le he dejado tus saludos a Jesús. Mis oraciones son pobres. Le pido que te bendiga, te consuele y te ayude en tu vida familiar.

Esta noche la iglesia se encuentra llena. Es un gusto verla así. He tomado una foto para ti. Es Jueves Santo. Familias enteras visitan las 7 iglesias. Se acercan al monumento donde han colocado el sagrario, rezan y se marchan a la siguiente iglesia.

Yo prefiero sentarme en una esquina, en silencio y quedarme un buen rato, alejado de todos, pero a la vista de Jesús. Estoy cansado, pero me quedo. Bastan estas palabras para darme ánimo y restaurar mis fuerzas:

«¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?» (Mt 26, 40)

Traje conmigo la biografía de san Francisco de Asís y mi rosario.  Todos los años hago lo mismo. Supongo que nos forjamos hábitos. Si vieras lo gastado que tengo el libro. Le hablo a Jesús, “prisionero de Amor” y me sorprendo ante tanta bondad y Misericordia.

Le pido tres gracias

  1. Humildad, porque me cuesta ser humilde. Si eres humilde perdonas, amas y te vuelves agradecido.
  2. Amarlo más, porque lo amo muy poco. Si lo amara de verdad, actuaría diferente.  Podría mirarlo en la cruz sin pasar distraído en su presencia.
  3. La gracia de la salvación para los grandes pecadores.

Me agrada pensar en mi amistad con Jesús escondido en ese sagrario, mi gran amigo de la infancia, mi mejor amigo. Y yo, un indiferente ante tanto amor, un simple mortal que no merece su amistad.

Me pregunto qué sentirá en este momento.

«Aquí estoy Jesús» le digo. «He venido a verte».

 

 

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