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Mi amigo del sagrario

Catharinakerk / Flickr CC
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Creo que alguna vez te lo he contado. Cuando era niño soñaba con batirme a duelo con una espada contra el diablo. Imaginaba que podría vencerlo y librar al mundo de tanta maldad. Eran sueños de infancia, la ingenuidad de un pequeño. El tiempo ha transcurrido. He tenido grande batallas espirituales. Muchas veces terminé mal herido, a punto de caer por un foso profundo. En este momento en que todo parece perdido aparece una mano amiga.

“No tengas miedo, toma mi mano”.

Jesús siempre ha venido en mi ayuda. Nunca me ha dejado solo. Ese es un gran amigo. Mi amigo del sagrario. Por eso escribo tanto de Él. Quisiera que todos le conozcan y lo amen y confíen.

Tiene muchas virtudes.  Hay dos que siempre me sorprenden: su humildad y su misericordia.

Es increíble la forma amigable como te recibe cuando lo visitas en el sagrario.  Siempre perdona, siempre comprende,  siempre te obsequia una espléndida sonrisa.

Hace apenas quince días se me acercó un joven a conversar conmigo. Estaba preocupado, se le notaba en la mirada.

“¿Usted es el que escribe esos libros de espiritualidad?”

Sonreí y asentí con la cabeza.

“He leído algunos. Sabe, perdí mi trabajo y no sé qué hacer. Mi familia depende de mí”.

Me recordó a mi amigo José, años atrás y le di la misma receta espiritual: “Visitar a Jesús en el sagrario”.

“¿Puedo darte un consejo?”, le pregunté.

“Por supuesto, lo agradecería”.

“Primero que nada, debes confesarte, recuperar la gracia. Luego, participa devotamente de la Misa y comulga. A partir de ese momento vas a visitar a Jesús en el sagrario. Una hora diaria. No quince minutos, ni un rato… una hora. Y pronto verás los resultados. Jesús es muy generoso y no se hace esperar”.

Así quedamos. No pensé verlo otra vez, pero el domingo pasado me buscó en el Santuario Nacional del Corazón de María.  Su cambio era radical.

“No sé cómo agradecerle”, me dijo. “¡Fue increíble! Mi vida ha cambiado. Me siento feliz. Además, me han llamado para un empleo ¿Puede creerlo? Mañana empiezo”.

“Bueno…” respondí, “No me agradezcas a mí. Sabes  bien a quién debes agradecer. Estoy muy contento por ti y tu familia.  Ahora que conoces el camino, no dejes de visitarlo en el sagrario”.

¡Qué bueno eres Jesús!

 

 

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