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Mayo del 2007, el día que encontré a Jesús frente a mí

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Algunos santos de nuestra Iglesia han recibido una gracia muy particular.  Se encontraron con Jesús, en la forma de un enfermo o un pobre. Son conocidos los casos de san Francisco de Asís y el leproso, san Alberto Hurtado, el santo chileno que aseguraba: «El pobre es Cristo», san Juan de Dios y el enfermo que cargó hasta el hospital y cuando empezó a lavarle los pies llenos de lodo, se encontró con las llagas de Cristo. ¡Qué momento!

Sé que  estoy lejos de la santidad,  pero me atreví a pedir  esa  gracia para mí. Quería verlo, reconocerlo. Abrazarlo. Estar frente a Él. Decirle que lo amaba. Y ocurrió.

Fue la primera semana de mayo del 2007, un domingo. Me encontraba en el Santuario Nacional del Corazón de María de Panamá. Un amigo, Felix S., quien es Ministro Extraordinario de la Comunión, me vio a la salida de Misa y me invitó a vivir una gran aventura espiritual.

“Voy a llevar la comunión a los enfermos. ¿Te gustaría acompañarme?»
“Por supuesto”, respondí.

Era una sensación inexplicable. Sabía que en ese auto, viajábamos los tres. Mi amigo, Jesús Sacramentado y yo. Evitamos los temas mundanos. Todo giró sobre Su presencia. Rezamos y pedimos por los enfermos que visitaríamos.

Minutos antes de llegar recordé aquél viejo anhelo y como Jesús venía con nosotros, me atreví a decirle:
“Señor, que pueda reconocerte en alguno de los enfermos”.

Llegamos  al Hospital y empezamos a recorrer piso por piso emocionados por la presencia de Jesús.  Cada vez que cruzábamos una puerta, la habitación se iluminaba y una sonrisa aparecía en el rostro del enfermo.

Recuerdo una jovencita a la que iban a operar al día siguiente.
“¿Puedes comulgar?” le pregunté.
Sonrió emocionada. “Puedo y quiero”,  respondió.

En cada habitación que entrabamos, miraba al enfermo y preguntaba en mi interior: “¿Eres tú Señor?”

Silencio, No había respuesta.

Cuando no quedaba más que un cuarto, el último, cruzando el portal sentí en mi interior una certeza, esa dulce voz que me decía:

”Aquí estoy Claudio”.

¡Por fin lo vería! Estaba un poco oscuro. Una cortina rodeaba la cama. Mi amigo la corrió con las manos y pude verlo. Era un joven de unos treinta años. Tenía llagado el cuerpo, todo su cuerpo. No había una parte sana en él.

«Dios mío», pensé.

Mi pie derecho instintivamente frenó en el piso… Quedé petrificado.
Tuve que caminar hacia atrás lentamente, en silencio, y salir de aquella habitación.

“Allí está Jesús”, me gritaba por dentro. “¡Debes entrar!”.

Pero no pude.

Permanecí llorando en aquél pasillo, impresionado ante tanto dolor. De regreso a casa le pedí a mi amigo Felix que me dejara en la iglesia. Necesitaba comprender.  Busqué a un sacerdote y le consulté…

“¿Qué me pasó?”,  le pregunté.

“No amaste lo suficiente”. dijo y se marchó.

Caminé detrás.

“Por favor, explíqueme”.

“Pediste una gracia, encontrarte con Jesús. Él estaba allí,  frente a ti, era un Cristo sufriente… «

Me miró a los ojos y preguntó:
“Si hubiese sido un hijo tuyo, ¿habrías entrado?”

“Sin pensarlo siquiera”.

Y añadió:
“Porque los amas, Claudio”.

Entonces comprendí.

Siguió caminando, se dio vuelta y concluyó:

“Debes amar… un poquito más”.

Desde aquél día le pido a la Virgen un poco de su amor, para amar a todos, porque el mío es pobre e insuficiente.

 

 

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