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¿Le preteneces a Dios o al demonio? (un fuerte testimonio)

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Un amigo me contó de un conocido, quien vivió en grave pecado toda su vida. Un día va a realizarse unos exámenes médicos de rutina y le descubren un terrible cáncer que se le ha dispersado por todo el cuerpo. Es irremediable a estas alturas y le quedan solo semanas de vida. Un sacerdote lo visita y lo convence de la necesidad de cambiar, aceptó arrepentirse, y se confesó.

Después de muchos años de pecados recuperó la gracia y la paz que había perdido.

Sus dolores fueron tremendos. Mi amigo fue a verlo y me cuenta de su cambio radical. Sufría, pero todo lo ofrecía a Dios. Y solía decir esta oración que a mí me cautivó. Es corta pero bella:

“Santo Dios, todo por amor a ti”.

Las Sagradas Escrituras nos dan muchos ejemplos de personas que le pertenecían al diablo, aferrados al pecado mortal, y de pronto iluminados por la presencia de Jesús, se arrepienten y se salvan.

El caso más impactante se da con los dos ladrones que crucificaron junto a Jesús. Uno, se aferra a su maldad, e insulta a Jesús, el otro se humilla, se arrepiente y pide a Jesús que se apiade de él. En ese breve instante cambió de bando y se salvó.

“Santo Dios, todo por amor a ti”.

Y tú… ¿a quién perteneces? ¿A Dios o al demonio? ¿Te has hecho alguna vez esta pregunta? La Biblia nos define esta pertenencia.

“Jesús les dijo: El que siembra la semilla buena es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo. La buena semilla es la gente del Reino. La maleza es la gente del Maligno. El enemigo que la siembra es el diablo.” (Mateo 13, 37-39)}

Aquí se identifican los hijos de Dios y los hijos del maligno. Y te dice con claridad quién es el que siembra el mal, desconfianza, odio, mentiras y crímenes en el mundo y quién siembra la buena semilla, la bondad, el amor, la esperanza. No hay puestos medios, o con Dios o con el demonio. Yo elijo estar con Dios.

El campo es el mundo. Aquí te juegas la condenación o la salvación de tu alma. Decide bien. Dios es el Dios de las oportunidades, pero tiene sus límites. Cuando te mueres ya no puedes añadir ni quitar nada. Este es el momento en que debes amar, perdonar, arrepentirte, confesarte con un sacerdote y hacer propósitos de enmienda.

Debes dejar a un lado ese pecado al que te aferras, que te remuerde la conciencia, que no te deja tranquilo. No permitas que el demonio te venza.

Déjate guiar por las dulces inspiraciones del Espíritu Santo, que te lleva a Dios, nuestro Padre.

En este mundo, el campo donde se siembra la buena y la mala semilla, ¿qué frutos vas a dar? ¿por quién te decides? Es hora,..

“Santo Dios, todo por amor a ti”.

 

……………

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