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Las almas benditas del Purgatorio, no las abandones. (un testimonio sorprendente)

© Public Domain
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Hoy es jueves santo. Hay una tradición en mi país y es visitar 7 iglesias. En cada una le ofreces algo a Jesús y le adoras. Suelo ir con mi esposa, Vida. En una de las iglesias me encontraba de rodillas, mirando a Jesús en esa blanca hostia, pidiéndole perdón por mis muchos pecados. De pronto, súbitamente, sentí que debía pedir por las benditas almas del purgatorio.

“¿Las almas del purgatorio?”, me dije. Y me di cuenta lo olvidadas que las tenía. En realidad “nunca” pensaba en ellas, pudiendo hacer tanto bien ofreciendo mis oraciones y sacrificios.

Inmediatamente les ofrecí mis oraciones de aquella noche. Y le pedí al buen Jesús que derramara sobre ellas, particularmente las que están más olvidadas, las que no tienen quien rece por ellas, todas las gracias que pudiera obtener en estas visitas.

Desde entonces, ésta es la noche que pido por ellas con mayor fervor.

“Señor, llévalas al Paraíso”.

“Debemos ayudar a los que se hallan en el purgatorio. Demasiado insensible sería quien no auxiliara a un ser querido encarcelado en la tierra; más insensible es el que no auxilia a un amigo que está en el purgatorio, pues no hay comparación entre las penas de este mundo y las de allí”. (Santo Tomás)

La mitad de mi familia vive en Costa Rica. Hace unos años fui con Vida, mi esposa, y pasamos una semana estupenda. El arraigo a la familia te permite sentir ese abrazo fraterno que te devuelve las fuerzas perdidas. Una tarde fuimos a casa de tío Raúl. Nunca olvido la charla que tuvimos. Me dejó impresionado.

—Qué mal he pasado estos días. Casi no pude dormir. Cada noche a las tres de la madrugada se encendía mi radio despertador, a todo volumen. Lo apagaba y se volvía a encender solito. Revisaba el radio despertador, le cambiaba la hora de sonar. Y seguía igual. Pasaron noches que no me dejaba dormir. ¿Por qué no lo desconecté? Tal vez buscando una causa para esto. Llegó una madrugada en que no soporté más, me senté en la cama, en medio de la oscuridad  y grité:

—Pero, ¿Yo qué le he hecho?

De pronto la voz desgarrada de una mujer respondió:

—Usted nada. Pero soy tan desdichada.

Al día siguiente mi tío Raúl ofreció varias misas por aquella alma desafortunada. Desde la primera misa, nunca volvió a ocurrir.

Esta noche, no olvides a las almas benditas del purgatorio, necesitan de ti y tus oraciones.

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