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La mañana que Jesús, desde el Sagrario, respondió mi inquietud (Un testimonio bellisimo)

© Facebook / Claudio de Castro
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Esto que te voy a narrar ocurrió hace dos años. Me he acostumbrado a hablarle a Jesús en el Sagrario con naturalidad, aquella que se permiten los grandes amigos. ¿Por qué? Sencillo. Porque es mi mejor amigo desde la infancia. Por supuesto, siempre con una profunda devoción y amor.

Todos los domingos coloco una mesita repleta de libros de espiritualidad en alguna parroquia de Panamá, cuando el párroco me autoriza. A menudo me preguntan por qué lo hago. Y lo más importante, cómo puedo vivir dejando mis libros así, a veces regalándolos, otras… que cada cual deje la donación que quiera y si no tiene pues nada, que se los lleve gratis.

Esto no tiene sentido ¿Quién puede vivir así?

Te voy a explicar cómo lo hago. Se llama Providencia.  Y es  ¡genial! Dios siempre provee.

Cuando necesito algo voy al sagrario y le pido a Jesús. No siempre me concede lo que le pido. Pero sé que es generoso y tierno y noble y vela por nuestras necesidades. A veces ni siquiera me da tiempo de ir cuando responde a mis inquietudes.

Tiempo atrás laboraba en una empresa como Gerente y todo me faltaba. Creo que gastaba más de lo que tenía. Y siempre andaba endeudado. Ahora que vivo en sus manos, escribiendo y publicando mis libros, nada me falta. Si gasto algo es de lo que tengo en ese momento y siempre tengo lo justo, lo que necesito para vivir y publicar más libros.

¿Por qué pongo esos libros así en esa mesita? Porque siento y sé que a Él le agrada.

Quiero tenerlo contento. ¿Cómo lo sé? Te cuento…

No recuerdo si ya te lo he contado… Una mañana estaba sudando, hacía mucho calor y recién terminé de acomodar mis libros en la mesita en el pasillo exterior del Santuario Nacional del Corazón de María.  La verdad no quería estar allí. Estaba muy cansado y pensé aprovechar el domingo e irme de paseo con mi familia, disfrutar con los míos. Pero sentía “algo” que me decía que debía quedarme allí esa mañana. Aunque no estuviera a gusto.

Miré hacia el sagrario que se encuentra en un pequeño oratorio, dentro de la Iglesia, a un costado, muy cerca de donde yo estaba y le pregunté a Jesús, apenas musitando:

«¿Vale la pena esto, Señor?  Me quiero ir. Estoy cansado».

Al segundo una señora mayor salió de aquel oratorio y caminó directo hacia donde me encontraba, en el pasillo del Santuario. Se detiene frente a mí, me mira con seriedad y me dice de golpe:

«Sr. de Castro. Vale la pena lo que hace. Quédese aquí que eso agrada a nuestro Señor».

No me dio tiempo de reaccionar. Inmediatamente prosiguió su camino aceleradamente. Me fui detrás de ella y la detuve.

«Oiga. ¿Por qué me dice estas cosas? Ya yo iba de salida».

«No me reclame a mí», dijo y sonrió amablemente. Señaló al Sagrario y agregó: «¡Vaya y hable con Él!».

¿Eh? No me lo creía.

Sonreí y miré hacia el oratorio donde está el Sagrario y le dije:

«Te la sabes entera Jesús. Contigo no se puede».

He descubierto que las palabras del Evangelio se cumplen. Son ciertas. Cuando doy recibo. Si no regalo mis libros, me va muy mal. Tan pronto empiezo a obsequiar, remonto y las cosas mejoran notablemente.

 Este es el motivo por el que ves esa mesita con libros, domingo tras domingo.

 

……………

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……….

 

Te comparto una de mis visitas a Jesús en el sagrario. Ven… Vayamos juntos.  

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