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He decidido cambiar de oficio. Quiero ser un Sagrario.

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Luego de un interminable aguacero logré llegar al Santuario Nacional del Corazón de María en Panamá. La misa estaba por empezar. De pronto sentí una gran ilusión. Como cuando sabes que vas a recibir un regalo y no puedes esperar más, quisieras tenerlo ya entre tus manos y abrirlo.

Sabía que algo especial ocurriría.

Me detuve a pensar:
“¿Qué tal si viviera cada misa fuese como ésta? Con un entusiasmo y una ilusión que se desborda”. 

Poder presenciar un milagro que estaba por ocurrir ante mis ojos y que aunque yo no era capaz de comprender era consciente de su realidad.

Un Dios Todopoderoso, eterno, reducido en un pedacito de pan.  El pan vivo.

La misa  inició y creció mi expectativa. Sabía que Jesús me miraba con una ternura infinita. Viví momentos inexplicables. No tengo palabras para describirlo.  Es una experiencia maravillosa.

Entonces lo supe.

Por años me dediqué a la búsqueda de Dios. Me pareció la mayor aventura de todas las que he vivido y me senté a escribir para compartirla contigo.

Todo esto era como lanzarse a lo desconocido.  Debía confiar. Entregarme más a su amor.  Dejarlo hacer en mi vida como el buen jardinero que poda un arbusto.

¿Nuevamente seré incomprendido?  Pero qué maravilla que nos llamen locos, o ingenuos, o tontos, cuando es por Jesús.

Una nueva y maravillosa aventura me espera en el recodo del camino. Algo inusitado. Debo cambiar de oficio. Te parecerá una locura. Pero mayores locuras por amor se han hecho.

“Has dedicado casi una década a escribir Claudio, ¿qué piensas hacer ahora?”

Tome un bolígrafo del bolsillo de mi camisa y  escribí en la muñeca de mi mano estas palabras:

 “Quiero ser un Sagrario vivo”.

Darle esa alegría a Jesús. Que sepa que lo amo inmensamente y estoy dispuesto por Él a cambiar radicalmente mi vida. No importan las apetencias de este mundo.  No quiero ser el mismo.  Deseo ser de Jesús y vivir para Jesús.

Anhelo ser un sagrario viviente. Llevar a Jesús conmigo, siempre, en cada momento, como lo hicieron tantos  enamorados de la Eucaristía.

Le comenté al Padre Samuel, mi amigo, y me respondió emocionado: “Es lo que todos estamos llamados a ser, Claudio… Sagrarios vivientes”.

¿Cómo lograr lo que está más allá de mis fuerzas?  Aprendiendo de aquellos que lo han logrado. Hay tantos santos de los que nos pueden enseñar. Basta leer sus vidas.

El camino está a la vista. Es Jesús.

“… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…” (Mateo 11, 29)

No puedes agradar a Dios si no eres humilde.

Y yo no lo soy.

Me estaba embarcando en una misión imposible.

Mire la imagen bella de la Virgen en aquél Santuario y recordé que ella fue el primer sagrario viviente. Cuántas maravillas habrá visto y conocido. 

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo”. (Lucas 1, 39, 41)

Es lo que necesito.

San Antonio María Claret nos anima. Lee este fragmento sorprendente que escribió en su biografía:
«El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la iglesia del Rosario de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre día y noche el santísimo sacramento en mi pecho. Desde entonces debía estar con mucho más devoción y recogimiento interior.»

Mi corazón aún no está dispuesto ni limpio para acoger a Jesús, por ello haré lo que un hijo hace cuando no conoce el camino, acude a su madre.  Toma su mano y confía.  Ella será mi maestra. Seré  un hijo del Inmaculado Corazón de María, para que la Virgen disponga mi alma y le pida a su Hijo las gracias que necesito.

 “Quiero ser un sagrario vivo para llevarte a los demás”, le he dicho al visitarlo  en el Sagrario, al terminar la Eucaristía.  Estaba contento por su compañía. “Me siento tan a gusto contigo Señor”.

Me retiré en silencio.  Y aquí estoy, escribiéndote, compartiendo contigo esta nueva aventura.

………….

Tener la gracia. Ofrecer nuestro corazón como sagrario a Jesús.

Tal  vez no seamos santos. Pero el llamado es para todos,  también es para ti.
«SAGRARIOS DE JESÚS».

 

 

 

 

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