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La Casa donde nadie habita (Un testimonio bellísimo)

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De niño, con mi mamá y mis hermanos Henry y Frank, solíamos pasar las vacaciones del verano en san José Costa Rica. Íbamos a la casa de nuestra abuela. La llamábamos “Mamita” de cariño. Cada uno de sus nietos  era “el  que más consentía”.  En aquellos días hacía mucho frío en san José y salíamos abrigados a la calle.

Vivíamos en el barrio la Dolorosa. Se llamaba así por la cercanía de La Parroquia Nuestra Señora de los Dolores, donde asistíamos cada domingo a misa.

Mi esposa Vida suele decir: “Los recuerdos de la infancia son los más bellos”. Y tiene razón. En ocasiones, como hoy, me siento a recordar, veo fotos antiguas y me siento feliz de haber tenido la oportunidad de pasar parte de mi infancia con mi abuelita, los primos, los tíos, las tías y esa casa grande de madera que nos albergó tantos años.

Mi abuela me obsequiaba, cada tarde, unos colones para ir a la pulpería a comprar los helados que tanto me gustaban, luego por la tarde me pedía que fuera a la panadería: “La Espiga de Oro” para comprar pan recién horneado, galletas dulces frescas y unas quesadillas para el café.

Cada tarde, sin falta, se disfrutaba el café recién colado en familia. Llegaban las visitas, familiares, amigos y eran hermosos momentos de tertulia.

Esta bella costumbre aún permanece en muchos hogares de Costa Rica. Hace poco fui con mi esposa a visitar a mi tía Elsita en san Pedro, Montes de Oca y tan pronto llegamos nos tenían preparado el café colado, con panecillos calientes, mantequilla y mermelada casera, todo un manjar.

En casa de mi abuela vivían mis 8 primos: Oscar Julio, Marta María, Rodrigo, María Felicia, Mario, Anabelle, Elizabeth y Geanina. Formaban una orquesta, cada uno con un instrumento musical. Por las noches nos reuníamos en la sala con Mamita y familiares para compartir juegos de mesa, abrigados por el  frío que te helaba los huesos. Mis primos eran grandes lectores y en la casa abundaban los libros.

En ocasiones íbamos donde la otra hermana de mi mamá, tía Elsita, en san Pedro, y salíamos a jugar con los primos: Raúl Gerardo, Gabriel, Esterzita y Rafa.

Tío Raúl, su papá,  tenía un cafetal detrás de la casa. Tostaba este café y era la delicia de la casa. El tren urbano pasaba cerca. Recuerdo que colocamos una moneda en el riel para que al pasar el tren la aplastara. Quedaba plana como una tortilla.

Tengo tantos recuerdos hermosos de la infancia, cuando la vida no era tan complicada.

Hace poco fui a Costa Rica. Muchas casas no están. Son pequeñas edificaciones. La casa de mi abuela es un estacionamiento. Ya no existe.  Caminé por las calles del barrio la Dolorosa acompañado por mi primo Oscar Julio, rememorando la infancia.

Nadie te quita tus recuerdos. Fue una experiencia que disfruté mucho.

Mi suegro, José Guillermo Ros-Zanet fue un poeta panameño. Creció con su abuela en David, Chiriquí. Cuando ésta falleció la tuvo viva en su memoria.  Siempre nos hablaba de ella y escribió este poema sobre su infancia, su abuela y la casa solitaria, que me gustaría compartir contigo:

LA CASA DONDE NADIE HABITA

Porque vino a nacer
tan simple y buena, y fue
hogar, casa, morada.

Está sola la casa.

A la buena de Dios ha ido quedando
mi casa familiar. Nadie la habita.

Adobe quedará sobre el adobe.

Está sola la casa.
Defiéndela, Señor, !nada te cuesta!,
defiéndele los años de ir viviendo
duramente en su sitio.

Tal vez por ese musgo, o sombra, o nada
que desde alguna parte le nacía;
sin donde comenzar, ¡sin dónde cielos!,
sino en esa figura que caía.

II

El patio, el mirto, el alba,
el camino de piedras
maldejado en la yerba,
el barandal de herrumbre,
el pasamanos dulcemente glorioso.

El claro aguamanil
que tuvo una ventana
y tuvo a abuela,
porque ella cada día
lo llenaba de esencia y madrugada,
cuando el agua brocal lenta caía.

 

Gracias querido lector por acompañarme a recordar pasajes de la infancia.  Seguro también tienes bellos recuerdos de tus abuelos.

 

………………………..

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