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“ESTOY VIVO en los sagrarios”. (Un testimonio bellísimo)

© Corinne MERCIER / CIRIC
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Tantas personas me escriben:

“Claudio, acuérdate de mí y mi familia cuando vayas al sagrario”.

Y lo hago encantado.

Sé que en todos los sagrarios del mundo, está Jesús “Vivo”.

Esta certeza nos basta para consolar nuestras almas afligidas.

Me encanta visitarlo, hablar y escribir de Él. ¡Es un amigo genial!

He notado que se preocupa por nosotros hasta en los detalles más pequeños, cotidianos. Su amor lo sobrepasa, no puede contenerlo y lo derrama sobre una humanidad adolorida que ruega por la paz.

Debes saber que estas cosas que te cuento  me han impresionado mucho, porque he visto a Jesús, desde un sagrario, cambiar las vidas de muchas personas.

He comprobado cómo nos ayuda en lo material, espiritual… Nadie sale igual luego de pasar un rato con Jesús.

He recordado este consejo del Padre Pío quien últimamente ha tocado mi vida:

“Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración… La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón…”

Es lo que hago cuando visito a Jesús en el sagrario. Le hablo con el corazón. Y Él (qué bueno eres Jesús) SIEMPRE ESCUCHA.

Me han dicho:

“Voy al sagrario y nada pasa. No me escucha”.

Un amigo se quejaba porque le sugerí visitar una hora diaria a Jesús en un sagrario. Al tiempo me dijo que Jesús parecía no escuchar sus inquietudes.

Le pedí algo muy sencillo.

“Revisa tu vida desde el primer día que fuiste. ¿Consideras que es igual?”

Se quedó pensando un rato y al final, sorprendido, abrió lo ojos de par en par y exclamó:

¡Es cierto! ¿Cómo lo vi antes? Disculpa Claudio. Tienes razón. Mi vida no es la misma desde que tomo una hora, cada medio día, para estar con Jesús. Los problemas parecen rondar, pero me siento más seguro, tranquilo, en paz y los enfrento con una mente clara. Antes me desesperaba y por ello me equivocaba tanto.  Ahora puedo asumir que Dios va conmigo, que no estoy solo. ¡Qué diferencia!”.

“Jesús está allí… ¡VIVO!”

Me miró agradecido. Sonrió y dijo:

“Seguiré visitandolo. Este tiempo de gracia,  se ha convertido en una parte fundamental de mi vida”.

Me alegré mucho por él y le respondí con estas palabras del Padre Pío:

“Ora. Ten Fe. Y no te preocupes”.

 

…………

 

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