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Este es mi sagrario favorito. ¿Cuál es el tuyo? (Un testimonio bellísimo)

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Vengo del sagrario, de ver a Jesús. Le hablé de ti y tus necesidades. Le dejé tus saludos.  Como todos los domingos llegué a las 5 de la madrugada. Una hora de silencios, esperas y adoración.

A esta hora nos encontramos un oratorio bellísimo.

Estoy consciente de la santidad del lugar. Estoy frente a Dios.  Y a la vez frente a mi gran amigo de la infancia. Está allí por nosotros.  Esperando, amando, anhelando vernos y llenarnos de “gracias”.

A menudo le pregunto: ¿Qué haces encerrado en ese sagrario? Siempre he sentido en lo más hondo de mi alma una dulce respuesta: “Amo”.

Al rato empiezan a llegar otros adoradores, quieren estar con Jesús.

Te muestro mi sagrario favorito. ¿Lo conoces? ¿Cuál es el tuyo?

 

 

Hoy ha sido un día diferente. Sencillamente le he dicho que «le quiero», una y otra vez. Y le pedí perdón por mis muchas ofensas, por lo poco que le he amado, por no saber reconocer y agradecer tantas gracias y tanto amor.

«Te quiero Jesús. Eres mi mejor amigo».

Mis pensamientos rebotaban en diferentes lugares. Recordé mi infancia, juventud y me vi ahora. Tantos años perdidos.

―Estás aquí, ahora, Claudio, y eso es lo que importa.

Recordé a so María Romero Meneses, sierva de Dios, esa monja salesiana de Costa Rica que se escapaba, entre sus trabajos, para correr a verlo en el sagrario y decirle que le amaba. Sor María sembró un rosal afuera de la capilla y lo cuidaba mucho. Se cuenta que las rosas parecían doblar sus tallos sobre la monja para saludarla cuando llegaba. Ella, enamorada de Jesús, cortaba las más bellas y las colocaba ante el sagrario, lo más cerca que podía de la puerta, para que el aroma de las rosas le llegara pronto a Jesús.

También recordé al Claudio niño, de pantalones cortos, inocente, sin pecados, ilusionado por ver a su mejor amigo. Me vi cruzando la calle y entrar a la hermosa capilla de las Siervas de María, frente a mi casa, donde podía estar a gusto con Jesús. Charlas con él, contarle las novedades del día, amarlo con ese corazón infantil y puro.

Mi vida siempre ha girado en torno a Jesús, escondido en el sagrario. Ha sido un buen amigo. Me ha cuidado, protegido y me dado la certeza de su presencia amorosa entre nosotros, sus hermanos y amigos, por los que dio su vida en la cruz.

Te pido un favor, cuando visites a Jesús dile:

“Claudio te manda saludos Jesús”.

Dios te bendiga.

 

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