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“¿Estás ahí?” le pregunté a Jesús en el sagrario (Un bellísimo testimonio)

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Desde que comparto mis experiencias con Jesús en el sagrario son muchas las personas que me escriben y me cuentan cómo Jesús les ha cambiado sus vidas. Y muchísimos me cuentan experiencias similares con el Amor de los Amores.

Ayer recibí un correo que me sorprendió. Un testimonio bellísimo. Y lo comparto con ustedes.

¿Estás ahí?» Esa pregunta me la hice cuando transitaba mis 30 años. Era un “católico social” sin mayores preocupaciones hasta que Él tocó mi corazón.

«¿Estás ahí?» Miraba la Eucaristía y no entendía aún la grandeza de este Dios hecho hombre, que se avenía a hacerse uno de nosotros, para que no nos perdiéramos ninguno de los que le fuimos dados.

«¿Estás ahí?» Y seguía retumbando en mi corazón la pregunta en mi propia confusión e incredulidad.

Nunca me había cuestionado mi “religiosidad” hasta que tuve un encuentro extraño estando solo en Catamarca, una provincia norteña de mi país, Argentina, ya que mi mujer había viajado a la capital a realizarse un chequeo en su cuarto embarazo. Era junio de 1980 y lo sigo recordando como si hubiese sido hoy. Y huí aterrado ante la llamada que recibía, a vivir a plenitud mi fe.

Cuatro años después, ya instalados en Buenos Aires, Teresa, mi mujer, me pedía que llevase a nuestras hijas a catequesis todos los sábados. Para mis adentros resurgía la pregunta: “¿Estás ahí?»

Y entonces un sábado, en la Misa de catequesis, resonó fuertemente esa pregunta nuevamente y escuché su respuesta:

“SÍ, ESTOY AQUÍ”.

Esa noche no dormí, me la pasé sentado en un sillón leyendo 1 Cor 13:

 «Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles,
si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe.

Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios,
-el saber más elevado-,
aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes,
si me falta el amor nada soy.
» 

Éste fue el despertador de una fe dormida.

Desde ese día, convertido plenamente y subyugado ante el amor que se me donó, he dejado de preguntar si estaba ahí, porque ahora sé, y nada me conmueve más que saber que siempre está ahí, acunado en el Sagrario, presente en la Eucaristía, viviente en mi espíritu, pura misericordia en mis errores, perdón asegurado en mis arrepentimientos y siempre sus brazos abiertos para recibirme en cada Misa.

Así que cuando me reclino ante el Sagrario ya no tengo que preguntarle si está ahí, porque «Él está allí» y conmigo donde vaya como sagrario vivo, alentándome en lo bueno, recordándome el camino correcto cuando resbalo.

El Sagrario es un refugio del cristiano, porque allí, más que en ningún otro lado, podemos comprender que el Señor está en nuestro corazón, que su presencia es real en cada uno de nosotros y que “su casa” somos cada uno de nosotros.

(Horacio Matilla)

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