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El secreto para renovar tus fuerzas cada día

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Para un católico hay muchas formas en las que puede renovar sus fuerzas y empezar cada día con ánimo y esperanzas, convertir la adversidad un reto por vencer.

Desde que tengo memoria nos recomiendan.

  1. La oración meditada.
  2. La lectura diaria de las Sagradas Escrituras.
  3. La misa diaria
  4. Los ratos de contemplación.
  5. Ofrecer nuestro día al buen Dios para que lo convierta en oración.

Todas son formas maravillosas y muy efectivas de renovar nuestras fuerzas y esperanzas, en medio de los problemas que a diario enfrentamos.

Yo, a través de los años, recomiendo junto a éstas,” una manera estupenda de llenarnos de alegrías y fortalecernos.  El secreto es “la hora diaria”, cuando visitamos a Jesús en el sagrario.

Justamente esta mañana tuve un percance. Y me desanimé. Debo reconocerlo. No sabía cómo enfrentarlo. Telefoneé a mi esposa para contarle y me recordó mis propias palabras sobre visitar a Jesús en el sagrario. Las esposas suelen conservar una memoria prodigiosa.

Reconocí que tenía razón y me fui a la Iglesia de san Francisco de la Caleta donde tienen una capilla bellísima con un sagrario digno del buen Jesús.  Le tienen consentido con flores frescas, manteles bellos y el lugar limpio y ordenado.

Para mí es la antesala del cielo, como me comentó una vez un sacerdote. “Aquí está Jesús”.

Entré lleno de inquietudes, un poco distraído. Apenas saludé a Jesús. No podía pensar con claridad.

“¿Viste lo que me ocurrió?”, le pregunté.

Y le dije: “No sé qué hacer”.

Decidí que sencillamente no hablaría ni llenaría mi cabeza de preguntas necias. Estaba allí para acompañar a Jesús. Darle esa alegría. Que sepa que, a pesar que no entiendo nada, igual le amo muchísimo.

Y fue lo que hice. Me quedé allí en silencio, contemplándolo, imaginando lo que mis ojos no pueden ver. Las maravillas que hay en la cercanía de Su presencia verdadera.

Entonces pasó algo que aún estoy asimilando, tratando de comprender.

Lo imaginé a mi lado, como si en verdad estuviera allí. Me sonríe feliz porque lo fui a ver, me abraza con ternura, se inclina un poco y me dice al oído en voz baja:

“No te inquietes. Todo va salir bien”.

En ese momento, en una fracción de segundo, me llené de cientos y miles de pensamientos que no podía procesar. Todos a la vez, como cuando se rompe un dique y el agua fluye sin nada que la detenga.

Un pensamiento fue recurrente y me quedé con él. Su dulce voz diciendo estas palabras, me  ha renovado, y me siento feliz.

“No tengas miedo Claudio”.

Eso me basta. No necesito más.

 

 

 

……….

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