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El secreto del jarabe milagroso de nuestras abuelitas

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Ya te lo he contado, cuando tengo una inquietud o cuando no sé qué hacer para solucionar una dificultad, vengo a esta capilla y converso con Jesús, quien me escucha desde el sagrario.

Estoy aquí en este momento, en esta hermosa capilla de la Iglesia san Francisco de la Caleta en Panamá.  Le he dejado algunos saludos que me pidieron. ¡Qué alegría! Te restaura la paz.

Su dulce presencia en el sagrario, que es presencia de Dios, te mueve al amor y la misericordia. Curiosamente aquéllos que te estaban robando la paz, que fueron motivo para venir a ver a Jesús… ahora me doy cuenta que debo amarlos.

Cada vez que le digo algo a Jesús, parece que desde aquél sagrario responde: «Ama».

«Mira Jesús que tengo este problema».

«Ama».

«¿Qué hago con mi hijo?»

«Ama.

«Estas personas buscan hacerme daño Jesús… ¿Qué hago?»

«Ama».

Me sonrío porque lo he relacionado con el jarabe que nos daban nuestras abuelitas, cuando éramos niños, para cualquier enfermedad. Siempre era el mismo jarabe con ese olor espantoso. Jarabe para el resfriado, jarabe para el dolor, jarabe para la fiebre, jarabe para una cortada…

Con Jesús amar es la medicina universal. Todo lo cura. Y es natural. Él es amor y su naturaleza es amar. Y como ama es misericordioso, tierno, bueno, justo…

He recordado aquellas sabias palabras que le atribuyen a san Juan de la Cruz:  «Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor». Unas palabras con una sabiduría exquisita, que ayudan a solucionar muchos de nuestros problemas cotidianos.

El amor es un gran bálsamo que llena vacíos y sana muchas carencias.

Amar suele ser la mejor respuesta a nuestras inquietudes.

Hoy no ha sido diferente.

Tuve la alegría de confesarme antes de entrar a la capilla y estar con Él.

Vine a recuperar la paz que he perdido en un conflicto.

Le pedí sabiduría y me ha dicho: «ama».

¿Nunca te escondiste cuando llegaba tu abuelita el frasco oscuro del jarabe en una mano y en la otra una cuchara? Yo lo hice muchas veces de niño, pero siempre me encontraron. Estando aquí, con Jesús, de pronto me he sonreído. He comprendido que aquél jarabe de mi abuelita era más que agua azucarada con un colorante y algunas hierbas aromáticas que le daban ese sabor amargo e inconfundible, a «medicina». Venía con una gran dosis de amor.

Me di cuenta de algo importante. Lo que nos curaba no era un jarabe espeso, sino la serenidad en el rostro de nuestras abuelas, la paz que nos transmitían con aquella sabiduría milenaria, la presencia de Dios en ellas, el amor con que nos cuidaron… y la bella sonrisa que nos regalaban con un generoso abrazo.

Ahora lo sabes… el secreto del jarabe nuestras abuelitas, es el «amor».

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Dedicado a «Mamita», mi abuelita tica, que está en el cielo. Y a todas las dulces abuelas de este bello mundo.

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Te invitamos a visitarlo en Twitter y leer los libros que inspiran, de nuestro autor, Claudio de Castro

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