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El huracán Eta destruyó la iglesia. Rescataron el sagrario y ¡vieron un milagro!

Claudio de Castro - publicado el 13/11/20

Hace unos días, rescataron el sagrario de la iglesia en Bambito, arrasada por el paso del huracán Eta. Ésta es la historia de un milagro.

Eran casi unos niños, de 14, 15, 16 y 17 cuando los conocí. Durante el día trabajaban ayudando en los cultivos de sus padres en las tierras altas de Bambito, en Panamá. Por las tardes los jóvenes se reunían fervorosos para compartir largos ratos de oración y lo más sorprendente, construir entre todos una iglesia. Esto fue hace 30 años.

Ayer publiqué su maravillosa historia en Aleteia. Jóvenes católicos, construyeron su iglesia.  

Hace unos días el huracán Eta golpeo con furia nuestro país, dejando una estela de muerte y destrucción. Causó deslaves, crecidas de ríos, arrasó casas. Dejó 17 muertos y varios desaparecidos.

La iglesia de Bambito fue golpeada por una enorme cabeza de agua que bajó de la montaña, arrastrando piedras enormes y troncos de árboles centenarios, que fueron arrancados de raíz.  El agua la cubrió, la llenó de lodo y derribó sus paredes. Se llevó las bancas y lo que había en la iglesia. Poco quedó en pie, excepto el altar y el sagrario, que permanecieron para sorpresa y admiración de todos.

Una familia tuvo el amor, el valor y el coraje para arriesgarse, entrar a esa iglesia destruida y rescatar el Sagrario con Jesús Sacramentado. Lo que pasó luego, el Prodigio que vieron con sus ojos, los llenó de sorpresa, admiración y esperanza. Tengo el video de ese momento y te lo muestro al final.

Hablé largo rato con David Samudio, el custodio del sagrario y me relató la historia de este prodigio, para mí un milagro patente, algo imposible, ocurrido en Panamá. Esta es su historia:

“Leí que la Biblia tiene escrito “No tengas miedo” 365 veces. Una vez para cada día del año. Lo tuve muy presente ese oscuro día en que el huracán Eta nos trajo destrucción.

Me gustaba pasar frente a la Iglesia que construimos, camino al trabajo, y hacer una pequeña oración desde el auto, saludar a Jesús que me esperaba en el sagrario.

Ese día, 4 de noviembre, estaba en alerta por las crecidas de los ríos y las predicciones del tiempo. Salí de mi casa temprano.  Pasé frente a la capilla y le dije a Jesús en el sagrario: “Señor usted nos va a cuidar”.  Seguí adelante para ayudar a evacuar al pueblo. Se anunció que veía una avalancha a 2,600 metros de altura.

Esa embestida se dio por toda la nave de la iglesia, con Jesús adentro. Se llevó las bancas pesadas, el mobiliario, casi todo. Pero no el altar, ni el sagrario pequeño de madera. Jesús Sacramentado se encontraba solo en aquel sagrario, pero sosteniendo al pueblo. Nosotros estábamos seguros que Él ESTABA ALLÍ, CUIDANDONOS.

Jesús permaneció en soledad toda la noche. Era inseguro ir.

Una familia vivía en las cercanías. Se arriesgaron y por amor, entraron al templo destruido, rescataron a Jesús en el sagrario, y lo tuvieron en su casa toda la noche hasta que fui a buscarlo para traerlo a la casa rural, y entregarlo en custodia al sacerdote.

Hicimos una oración muy bonita. Ellos, muy emocionados, la Sra. Damaris, el esposo Mario y su hijo Mario Alberto, nos acompañaron y me comentaron en el camino: “Tuvimos un visitante inesperado que vino a protegernos”.

Frente al sacerdote y testigos, abrimos con profunda devoción el sagrario.

Estaba empapado, sus paredes mojadas, porque quedó sumergido «bajo el agua» durante la inundación. Entonces vimos el “prodigio” que nos asombró. ¡Era algo increíble!

La hostia santa, dentro de un humilde copón de madera sin tapa, se encontraba intacta, seca, ¡completamente seca! Algo semejante hallamos en el otro copón. Y lo filmamos para dejar constancia de lo que aquí había ocurrido.

Si ves el sagrario por dentro, todo empapado, sabes que ¡eso es algo imposible!!!

Fue un hecho prodigioso que nos dejó atónitos, con un gran gozo y la alegría, la certeza de su compañía.

Jesús VIVO, estaba con nosotros y nos decía: “No tengan miedo. Aquí estoy”.

La fuerza del río que entró en la iglesia, era para haberla tumbado, pero Jesús permaneció en su sagrario, y el altar está en pie.

Para nosotros, que lo vivimos, es un mensaje patente para toda la humanidad, que Él ESTÁ VIVO y nos da paz en medio de la tormenta.

Ese es el Jesús al que seguimos y amamos, que nunca nos falla”.

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