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El día que tuve a Dios en mis manos. (Un testimonio bellísimo)

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Creo que una vez te lo conté. Hace doce años ayudé unos meses al sacerdote de mi parroquia como Ministro Extraordinario de la Comunión.  En un principio me negué. No me sentía digno. El buen sacerdote con sabiduría alegó:

“Si se trata de dignidad Claudio, mejor nos vamos todos para nuestras casas, porque nadie es digno. No te preocupes. Lo harás bien”.

En ese momento acepté y empecé a aprender todo lo necesario. Y a leer libros que me instruyeran. Quería hacer esto lo mejor posible para Jesús. Que estuviera contento.

¿Se puede? ¿Es posible?

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Fue una de las grandes aventuras de mi vida y de las que más valoro.

¡Qué momento! Recuerdo que me temblaban las manos y sudaba frío.

Tener a Jesús en las manos… ¿Puedes imaginar lo que experimentaba? Tenía un nombre: «Amar».

Sabía que era Él, mi buen y tierno Jesús. Mi amigo de toda la vida.

Lo miraba con  tanto cariño y le repetía una y otra vez que le quería.

Aprovechaba cada instante para hacerle saber que me sentía feliz de saberlo mi amigo. Esta canción refleja mejor que yo esos sentimientos.

 

 

De aquellos días encontré un escrito íntimo en mi diario. Me gustaría compartirlo contigo. El tiempo hace que de alguna manera sea también para ti.

Vengo de Misa. Primero participé en la Hora Santa. Luego ayudé al padre en Misa. Ocurrió algo. Me dio la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo.

En ese momento sentí su mano cálida en mi pecho, su abrazo de amigo. Quedé paralizado. El tiempo se detuvo. En ese instante éramos Jesús y yo.

Él me daba toda su atención y amor.

Bajé con el sacerdote para repartir la comunión a los fieles que estaban en fila. Y sentí (y siento) lágrimas brotando de mis ojos.

Cada hostia que repartía la miraba largamente, lo consentía con palabras de cariño, y luego lo entregaba.

Cada hostia era Él, vivo, presente en ella.

Lo hacía despacio porque no podía ir más rápido.

Me inundó una ternura tan honda.  Una serenidad que pocas veces he sentido.

En la sacristía me acerqué al padre:

Ha ocurrido algo esta tarde — le dije aún impactado por la experiencia —. Sentí a Jesús en mi alma, pero con tal intensidad.

Puso su mano sobre mi cabeza con cariño.

Que Dios te siga concediendo esas gracias — me dijo.

Aún le siento… Tan vivo. Tan Jesús…

 

……………

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