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El día que el rezo de un «MAGNIFICAT» salvó mi vida (Un fuerte testimonio)

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Me gusta mucho compartir contigo relatos y testimonios de la vida cotidiana, algunos son míos, otros de los lectores que generosamente los comparten y me dicen: “¿Podría publicarlo?”  Suelo hacerlo en estos blogs con la esperanza que toquen vidas y te ayuden a encontrar el camino a Dios y puedas perdonar y volver a vivir en su Santa Presencia. Que recuerdes que NO ESTAMOS SOLOS.

Esta mañana mientras desayunaba con mi esposa Vida, me telefoneó un amigo, excompañero del colegio.
Es uno de esos «locos» enamorados de Jesús que donde puede, habla con entusiasmo de su amistad con el buen Jesús, una amistad que los une más allá del tiempo. Fue él quien, en una emisora de radio, dijo esta frase que nunca olvido: “En mi corazón hay un sello, y este sello dice: “JESÚS”.

Me contó que está rezando con su esposa a diario el «MAGNIFICAT», mientras vive este encierro forzado en la Cuarentena, como millones de personas alrededor del mundo.

Me hizo recordar la vez que el cielo escuchó mi súplica mientras rezaba el MAGNIFICAT. Me encontraba en peligro de muerte viendo lo inevitable. Me gustaría compartir la historia contigo.

Trabajaba en una empresa cafetalera, en las afueras de la ciudad y esa tarde salí de la fábrica a buscar unos documentos en mi auto. De pronto miré hacia el cielo que había oscurecido de forma poco normal y vi láminas de cinc, troncos enormes y todo tipo de basura flotando arriba en las nubes, dando vueltas en  círculo.

Quedé petrificado con esa escena. Se vio con claridad el embudo de un tornado que se estaba formando.

Empecé a escuchar como el rugido de un león. El embudo del tornado era como un puente levadizo que se movía con fuerza y furia. Estaba encima de nosotros, a punto de descender. Recuerdo bien mi sorpresa, porque de pronto,  a mi alrededor, no se movía una hoja. Nos inundó un silencio pavoroso, como si estuviésemos aislados del mundo, en el centro del tornado.  A pocos metros el viento rugía, pero donde estaba todo era calma.

Empezó el embudo del tornado a descender sobre la fábrica en que me encontraba, tomé mi teléfono y llamé a mi esposa. Me pasó a su mamá quien al enterarse me dijo con firmeza: “Claudio, rece conmigo el Magníficat”.

El embudo empezaba a descender, láminas de cinc y troncos gruesos giraban como en un remolino invisible, sobre nosotros.

Ella empezó rezó y yo la seguí en voz alta:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

De pronto, inesperadamente, la trompa del tornado se movió hacia la izquierda y descendió tres calles detrás de nosotros. Uno de nuestros colaboradores llegó en ese momento corriendo, estaba pálido, el tornado lo levantó en el aire mientras esperaba un transporte frente a la fábrica. Se sujetó fuerte de un poste. Esto lo salvó.

La Virgen es Madre de Jesús y madre espiritual de toda la humanidad, madre nuestra. En los momentos de adversidad o peligro, no dudes en acudir a María y pedir su auxilio. Reza el Magníficat.

 

……….

 

Quisiéramos recomendarte libros que nos  dan paz,  de nuestro autor Claudio de Castro.

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