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Una GRAN LECCIÓN de donde menos lo imaginé

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Cuando menos lo esperas recibes una «GRAN LECCIÓN». La vida es un constante aprender. Nunca imaginarás de dónde vino esta enseñanza inolvidable.

En estos días transito un camino nuevo, diferente.

Por las noches sueño a Dios. Le hablo, lo bendigo con estas dulces palabras: «Bendito sea Dios».

Este camino tiene calles estrechas, empedradas. Pareciera que no lleva a ningún lado. Pero encontré un letrero que me anima y doy nuevos pasos. Dice: «Confía en Dios». Y yo procuro confiar.

Cuando confías tu vida es más tranquila, placentera. Él se encarga de todo, te enseña lo que espera de ti, te llena de gracias y camina a tu lado. Nunca vas solo.

El camino de Dios está lleno de letreros que en vez de indicarte el número de la calle te muestran virtudes que debes practicar. 

En una calle me han gritado y ofendido, me acusaron injustamente.  Ocurrió hace poco. Sentí deseos de devolver la ofensa, defender mi honor, gritar, discutir.  Pero callé.  Bajé mi rostro y recé.  Le pedí a Dios que me diera sabiduría para debatir con argumentos y no perder la serenidad. Amor, para amar con su amor a los que me ofendían.

Mi amor era muy pobre, limitado, insuficiente. Yo quería amar, pero no podía. Mi corazón palpitaba fuerte.  Deseaba responder, pero no hallaba las palabras.

Entonces leí el letrero en esta calle. Dice: «Humildad».   

En otra calle he visto personas acostadas en el piso. Están hambrientas y nadie les presta atención.

El letrero dice: «Amor». 

Recordé la parábola del buen samaritano. Pero hice muy poco.

Entonces Dios envió uno de los suyos para que me enseñara cómo actuar.

El camino que recorro en este momento, está lleno de pruebas. Me molesto, me inquieto y hasta me disgusto.

El letrero dice: «Paciencia». Y me recordó que la paciencia es una virtud que debemos cultivar.

Me ocurrió hace poco en una panadería. Hacía fila para pagar una rosca de pan dulce. Delante de mí una anciana trataba de pagar unos panes y buscaba monedas en el fondo de su cartera. Era un bolso enorme y la abuelita no las encontraba. Se movía con dificultad y yo tenía prisa. Miraba apenada a la dependiente y seguía buscando como si el bolso no tuviera fondo.

Traté de no impacientarme. Le ofrecí a Dios este retraso y recé por ella.

Minutos después la mujer pudo pagar.

Cuando me tocó mi turno, ella lentamente se me acercó, me tomó del brazo con cariño, sonrió amablemente y se disculpó:

«Gracias por tenerle paciencia a esta anciana».

La miré sorprendido por este gesto. Y comprendí. Había leído la impaciencia en mis ojos.

¡Qué gran lección!

Me nació del alma responder:

«No se preocupe. Siempre es un placer darle su tiempo a una bella dama».

 

 

 

 

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