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DIOS es ingenioso para sorprenderte

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Conozco muchos jóvenes que empiezan a seguir los pasos de Jesús.

Descubren:

El Santo Abandono.

La Confianza.

La Obediencia.

La Caridad

La Pureza de Alma.

 De pronto aman, incondicionalmente, a todos.

Y aprenden que pueden perdonar las ofensas.

Nunca dejo de maravillarme.

He visto corazones duros como una roca, personas que odian y hablan mal de los demás. Otros que son infelices cargando graves pecados.  Y de pronto, una  buena confesión sacramental los libera del peso. Llega Jesús, los perdona y les da gracias que no imaginaron.

Sienten un amor tan grande en sus almas, que se les desborda. No saben qué es. Aman… a todos.  Al que antes odiaban, lo aman y quisieran abrazarlo. Desean pedir perdón a todos los que han ofendido.  Y lo hacen.

En ese momento Dios empieza a mostrarles su complacencia.

Cuando saben  lo que vivir en Su presencia amorosa no quieren cambiarse por nadie y empiezan a cuidar el estado de gracia como un tesoro.

Es un don, una gracia que se nos da.

Un pedacito de cielo en la tierra.

Conozco uno que se siente tan agradecido que cada mañana, antes de ir al trabajo visita una Iglesia para saludar a Jesús. Y si  encuentra las puertas cerradas se arrodilla afuera de estas, sin importarle lo que otros piensen de él y reza. Y le dice a Jesús que lo ama.

“Recuperé mi vida”, me comentó el día que me contó esto.

Se maravillan por la Providencia que nunca falta y comprenden que es verdad… ¡El  Evangelio se cumple!

A Dios le encanta sorprendernos. Lo he vivido y lo vivo a diario.

Estas reflexiones que te escribo son vivencias que tengo a diario. Para mí es toda una aventura. Y me siento agradecido. Quién no lo estaría.

Si las personas conocieran este Tesoro sus vidas cambiarían. No tendrían tantas preocupaciones por el dinero,  las dificultades que enfrentan…

Escucha: «Por eso les digo, no se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, qué vestirán. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas?» (Mateo 6, 25,  26)

Es natural inquietarse.  Yo todavía me preocupo. Jesús te va guiando lentamente para que aprendas a confiar en Él. No te obliga ni te empuja. Te ama.  No imaginas cuánto.

Yo que paso el día escribiendo, contando mis vivencias con Jesús a menudo escucho en lo más hondo de mi alma este mensaje para ti:

“Diles que los amo, Claudio”. 

“Señor, ya se los dije”.

“Otra vez, Claudio”.

Y es lo que hago cuando voy a una emisora de radio y cuento estas anécdotas.

Siempre le visito antes en el sagrario y le digo: “Iré a la radio. ¿Qué quieres que les diga?”.

Invariablemente responde: “Diles que los amo”.  

“Muy bien Señor.  Pero el tema es el Jubileo de la Misericordia. ¿Qué puedo decir?”

Y otra vez: “Diles que los amo”.

Ya ves, no cambia de opinión. Te ama y quiere que lo sepas.

Al terminar de escribir, me brota del alma un:

¡Te quiero Jesús!

 

 

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