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La «Gran Enseñanza», con Dios en medio todo es más sencillo.

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Este blog de Aleteia me ha permitido compartir contigo parte de mi vida. Conoces seguramente a mi esposa Vida y a mis hijos: Claudio Guillermo, Ana Belén, José Miguel y Luis Felipe.   Suelo mencionarlos en mis blogs, narrando algunas de NUESTRAS AVENTURAS EN FAMILIA. Han crecido, pero la vida continua dándome alegrías junto a ellos.

Son el motivo de mis alegrías y mi esperanza.

Una vez fui a una dulcería. La dependiente me llamó. Me mostró un jarrón lleno de confites, sonrió y me dijo:

“No deje de llevarle algunos a su esposa. A ella le gustan mucho”.

Me quedé sorprendido.

“Y, ¿cómo lo sabe?”

“Usted siempre escribe de su familia”.

No pude menos que sonreír admirado y agradecer este bello gesto.

Me has preguntado en qué momento lo dejé todo para dedicarme a escribir.

Son las once de la mañana y empieza a hacer un calor sofocante.  Escribo sentado en una silla de aluminio. Estoy en el patio interior de mi casa. Acabo de hacerme esa misma pregunta.

“¿Qué me pasó? ¿Quién me movió a hacer esta locura?”

Escucho una canción. Seguro la conoces.

“Dios está  aquí. Tan cierto como el aire que respiro…”.

Y encuentro mi  respuesta en un segundo: “Fue Dios”.

Él es culpable  de la vida que llevo, de mis alegrías,  de mi fe renovada y mis anhelos de eternidad.

A Él le debo lo que hago, estos sueños de eternidad, mi  anhelo del cielo.

Él es mi motivo para continuar y buscar siempre dar más.  Es mi consuelo en la adversidad.

Ocurrió hace 26 años exactamente. Lo recuerdo como si hubiese ocurrido hoy. Es curioso como la mente registra ciertos eventos que te cambian la vida.  

Eran las 7:25 a.m. conducía hacia mi trabajo pensando en la vida que llevaba, reflexionando en ella.  Hice algo inesperado, detuve el auto y me bajé en un parque solitario. Me senté en una de sus bancas y mientras veía a los conductores que se apresuraban para llegar temprano a sus trabajos, me di cuenta que debía cambiar. Lo que me quedara de vida lo gastaría para Dios. Haría su voluntad. Por supuesto, primero tendría que descubrirla. Y me parece que lo conseguí años después.

Han sido los mejores años de mi vida.

Conocí la providencia porque nunca me falta nada. Descubrí el valor del perdón.

Yo solía ser un respondón, de esos que se molestan ante cualquier  ofensa.  Ahora trato de comprender, rezo, perdono y espero. Dios sabrá en qué momento tocará el corazón de mi agresor. Él nos enseña a ser prudentes, pacientes, misericordiosos.

Debo consolar, no criticar.

¿La gran enseñanza?
«Con Dios en medio todo es más sencillo».

Pero aún no te he respondido.  Es simple…

Lo dejé todo para dedicarme a Dios, a mi familia y a escribir compartiendo mis experiencias… en el momento que DIOS tocó mi alma, me llenó con su Amor insondable  y me cambió para siempre.  Mi vida nunca sería la misma.

Por eso, cada vez que alguien me pregunta qué  es lo más importante para mí, invariablemente respondo:

«Dios… y mi familia».

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