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De pronto se vio frente a una santa y su vida cambió (Un testimonio maravilloso)

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Estuve en Costa Rica, donde viví mi infancia. Fui en busca de los pasos perdidos de un Claudio más joven. Tenía la esperanza de encontrar respuestas a muchas de mis preguntas. Y las hallé.

Visité el primer día la Casa de María Auxiliadora, en san José, como un peregrino, dispuesto a vaciar mi alma y llenar mi corazón.

Encontré allí a la Madre, nuestra Madre del cielo.

 

 

El rumbo de mi vida siempre fue incierto, una búsqueda constante.

¿Qué buscaba? Buscaba a Dios.

Entré en aquél maravilloso lugar y en ese momento me sentí acogido, abrigado, amado. La Casa de María Auxiliadora, nuestra Madre del cielo.

Recordé que mi papá, siendo hebreo estuvo allí muchas veces. Caminó por donde yo caminaba. Fue también en busca de respuestas. Y encontró a una religiosa santa, la Sierva de Dios, sor María Romero. Llegó lleno de curiosidad. Había escuchado mucho de esta religiosa a la que María Auxiliadora y Jesús favorecían con milagros y eventos sobrenaturales. En el momento que llegó la vio al lado de un señor que tenía una factura en la mano. Sor María no tenía un céntimo para pagar, pero no se preocupó. Esperaba.

 

 

Siempre que debía pagar alguna factura por la ropa de los niños pobres, o la comida que les suplía, o las medicinas que les compraba, en ese instante llegaba alguien y hacía una donación que cubría ese gasto con una exactitud asombrosa.

Ese día llegó mi papá. Miró a su alrededor y la vio. Pequeña, son su hábito de religiosa, y su serenidad y paz. Le hizo una donación. Era la suma exacta. Pagaba una tablilla de mármol que sor María quería poner debajo del sagrario. Sor María le mostró a mi papá lo que estaba donando y para quién. Siempre creímos que este encuentro le cambió la vida.

Sor María Romero es una de los santos patronos de la Jornada Mundial de la Juventud 2019, que va a celebrarse en Panamá.

En la Casa de María Auxiliadora la Virgen derrama gracias abundantes y los milagros se dan a diario. Como hijo de la Virgen tomé un papel y escribí mi petición:

“Llévanos a Jesús. Muéstranos a tu hijo. Dile que le quiero”.

La dejé a sus pies, lleno de esperanza.

 

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