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Cuando nuestro padre se marcha al cielo

© Mojpe
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Hay dos palabras que he escuchado con frecuencia a lo largo de mi vida: “naif (ingenuo)» y “raro”.

Mi papá solía decirme “naif”. Y yo nunca lo comprendía. Es verdad que a veces vivía como en otro planeta, sin embargo era por una buena razón: buscaba mi destino, la causa de mi existencia.

Quería saber lo que Dios esperaba de mí. Y anhelaba ir aún más lejos: “Quería conocer a Dios. Verlo. Saber cómo pensaba, y el porqué de tantas cosas”.

El mundo era un misterio para mí. Y yo trataba de descubrir sus secretos.

Recientemente cumplí 59 años y me encuentro en el mismo lugar en que empecé, aun soñando despierto. Sólo que ahora soy un adulto “naif”.

No he encontrado las respuestas a mis preguntas, y tengo muchas inquietudes que sólo Dios puede responder.

¿En qué cambié? Ahora lo busco con más fuerza. Sueño su presencia en mi vida. Quiero experimentarlo, para conocerlo. Y quiero conocerlo para amarlo.

También me han llamado “raro” por mi forma de pensar.

Cuando mi papá murió, yo lo sostenía en mis brazos.

Le hablaba del cielo.  Le repetía las oraciones que tanto le gustaban y le contaba lo que veía afuera de la ventana de aquél hospital. «Un día radiante, con el cielo despejado, preparado para recibirlo». Recuerdo unas lágrimas que brotaron de sus ojos y también recuerdo mis palabras con exactitud: “Sé  que me escuchas. He visto unas lágrimas brotar de tus ojos. No te preocupes. Esto lo haremos juntos, tú y yo. No te dejaré un sólo instante”.

Cuando partió, me levanté aún impactado, algo desconcertado, y recé en voz alta un Padre Nuestro.  Quise grabarlo en mi mente para nunca olvidar a mi padre. Le di un beso prolongado en la frente, sabiendo que nunca más podría hacerlo y salí de aquella habitación.

Afuera me esperaba una señora y me dice: “Cuánto lo lamento”.

Dentro del dolor que me aprisionaba el alma revoloteaba una especie de alegría. Un gozo inexplicable. La certeza de saberlo en el cielo.

Respondí casi sin darme cuenta: “Yo no”.

La señora dio un paso atrás, me miró con firmeza y añadió: “Es que tú eres raro”.

Seguí caminando por esos pasillos del hospital, ausente de lo que me rodeaba, ensimismado en mis pensamientos, orando por el alma de mi padre. Agradeciendo a Dios por la vida de mi papá y su paso terrenal.

Mientras te escribo, una lágrima de profundo dolor me recorre el rostro.

Te extraño papá.

 

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¿Conoces alguna persona que tenga dificultades para leer o le sea imposible hacerlo? Nuestro autor te presenta este Audio Blog para que puedan escuchar esta hermosa reflexión, de su viva voz y compartir con él la gran aventura de su vida.

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