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Cuando los hijos se van y nos quedamos solos (un bellísimo testimonio de amor)

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Cada cierto tiempo leo un artículo sobre el tema. Personas que han vivido en torno a sus hijos y de pronto ya no están. La casa ha quedado vacía, sin risas, gritos, juegos.

La nevera que solía permanecer vacía ahora está siempre llena. No hay quien se coma el pan o se tome toda la leche en la madrugada.

Cuando mi hija estaba por casarse todos mis amigos y familiares me felicitaban. Yo por dentro me decía: “Mi hija se va de la casa. ¿Por qué me felicitan?” Era un sentimiento de egoísmo propio de un papá que no lograba entender que la vida es así, siempre lo ha sido, por generaciones. Y todo continúa y se renuevan la vida y nuestras esperanzas.

Un día le comenté a un amigo que había pasado esta experiencia y me dijo estas palabras tranquilizadoras: “Los hijos se van y vienen los nietos”. 

“Vaya”, me dije, “nunca lo pensé de esta forma”.

Nuestros hijos tienen el derecho como lo tuvimos nosotros de vivir y explorar nuevas fronteras, de ser felices formando un hogar.

Su felicidad debe ser nuestra también, como lo fue cuando vivían en casa.

Recorres los cuartos donde quedan tantos recuerdos de su presencia. Imaginas sus risas, sus inquietudes… El primer día de clases. Tus miedos ante este cambio.

Cuando José Miguel fue a clases, su primer día, no le soltaba la mano. Él vio esa escuela tan grande y llena de estudiantes, que «tal vez se perdería en medio de aquella multitud», pensé yo.

Un profesor se me acercó en ese momento.

“Suéltelo. No se preocupé. Le va a ir muy bien”.

Solté su manita, le bendije y lo dejé ir al encuentro de su destino.

Ya es un hombre. Y me sonrió al pensar tantas cosas que vivimos juntos, con mi esposa Vida y mis otros hijos.

La vida es maravillosa y vale la pena vivirla. No importan las dificultades ni los cambios que vendrán en el futuro. Es una gran oportunidad para ganarnos el Paraíso.

Al final quedas con tu esposa, como cuando eran novios y empezaste a vivir esta aventura.

Hace unos días me encontré un conocido, su mirada triste, confundido, golpeado.

“Mi esposa, y compañera de toda la vida, falleció”, me dijo apesadumbrado.

Es una persona mayor, un hombre que vivía a plenitud se fe. Sus hijos todos casados. Y ahora enfrenta este momento tan duro e incompresible.

Venía del sagrario, donde renovaba sus fuerzas.

Le recomendé ir todas las veces que pudiera, porque Jesús se conmovería con él y su dolor.

Le aseguré que el buen Jesús nunca dejaría de animarlo y darle las “gracias” que necesitaba.

Estaba en ese momento con mi esposa Vida y la abracé fuerte.

Caminamos un rato por el centro comercial, le di un beso. Y me sentí feliz de tenerla a mi lado.

 

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Te invitamos a conocer la página de nuestro autor Claudio de Castro   Allí podrás leer sobre su vida y aventuras en torno al sagrario.

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