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La oración de un papá por sus hijos

Halpoint
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Cada mañana, cuando despierto,  pienso en la vida que he llevado y me emociono pensando en las alegrías que tuve y las nuevas aventuras que el buen Dios me tiene reservadas.

Estoy por cumplir 59 años.  Ayer me dijeron: “La vida pasa demasiado rápido”. Lo sé. Mis hijos empiezan a dejar el nido. Cada uno rehace su vida. Se llevan con ellos sus sueños y nuestro amor. Rezo por ellos junto a mi esposa.

Es un momento feliz, difícil y complicado, lleno de emociones que no comprendes. Tu mente viaja en segundos al pasado cuando eran niños. La casa estaba llena de risas  y todo les emocionaba. Un simple paseo en auto bastaba para llenarlos de alegría. Juntos disfrutábamos los regalos de Dios.

Recuerdo esos pequeños momentos.

Un gusanito aparece en la puerta de la casa.

“Papá, ¿qué es?”

O un arcoíris a lo lejos.

“¿Por qué tiene esos colores?”

O la inquietud por una simple lluvia.

“Papito, ¿Por qué moja el agua?”

Un día hicimos un viaje al interior del país. Salimos de madrugada para ver el amanecer.  La naturaleza desplegó tal espectáculo de colores, que detuve el auto y nos bajamos para disfrutar esa maravilla.

Sufres con tus hijos, ríes con ellos y disfrutas en grande verlos crecer y conquistar sus sueños.

¡Qué sabrosa es la vida en familia!

Ahora todo está cambiando a mi alrededor. Nada es lo que era. Me encuentro con un mundo diferente y nuevo. Supongo que de eso se trata la vida. De buscar y encontrar, aceptar y ofrecer, creer y confiar.

No puedo aferrarte a nada material. Sé que nada de esto durará eternamente.  Y no vale la pena sufrir por lo que pierdes en este mundo.

Hace poco un distribuidor en otro país me compró una cantidad enorme de libros. No abonó un centavo y su empresa quebró.  Me dejó en aire, esperando.  Saqué un billete de un dólar del bolsillo de mi pantalón. Lo miré detenidamente y pensé: “Es sólo un pedazo de papel”.  Decidí continuar, seguir adelante. No mirar hacia atrás.

En momentos de grandes dificultades sólo puedes extender tu mano y aferrarte de Dios.  Su mirada paternal te anima a continuar, su Misericordia te muestra el camino a recorrer, y su Amor te invita a amarlos a todos.

Al final lo único que nos queda es la esperanza.

“Señor, sé Tú mi esperanza. Cuida a mis hijos. No los dejes solos nunca”.

 

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