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¿Conoces la oración que rezaba santa Teresa de Calcuta?

Antoine Mekary / ALETEIA
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¿Conoces la «Oración para irradiar a Cristo» del Beato John Henry Newman? Me dicen que es la oración que rezan las Misioneras de la Caridad y rezaba siempre la Madre Teresa de Calcuta.

Hoy me ocurrió algo insólito. Mientras la rezaba lentamente, me sentí interpelado por esta dulce oración. Cada palabra me golpeó con fuerza el alma. Y aquí estoy… a los pies de Jesús Sacramentado para tratar de comprender, mientras la rezo ante Él.

Amado Señor, Ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya.

Salgo cada mañana de mi casa pero muy poco lo hago.

Inunda mi alma con Tu Espíritu y Vida. Penetra y posee todo mi ser tan completamente, que mi vida entera sea un resplandor de la Tuya.

Dame esa gracia buen Jesús.

Brilla a través de mí y permanece tan dentro de mí, que cada alma con que me encuentre pueda sentir Tu presencia en la mía.

Me pregunto cuántas almas al entrar en contacto conmigo pueden sentir Tu presencia en mi alma. ¿Será que te escondo en algún lugar de mi alma para que no te vean?  O te saco de mi alma porque me incomoda Tu presencia para hacer lo que aborreces.

Haz que me miren y ya no me vean a mí sino solamente a ti, oh Señor.

 San Alberto Hurtado solía decir. «El pobre es Cristo». Cada vez que veo un pobre me lo repito: «El pobre es Cristo». No quiero juzgarlo ni pensar mal cuando me pide dinero. A la tercera vez me digo: » El pobre es Cristo». En ese momento ya no tengo frente a mí un pobre sino a Cristo mismo que me dice: «Ayúdame».

Pero yo, un pecador… ¿Cómo lograr que te vean en mí?

De pronto encuentro una respuesta. Es una salida simple a mis inquietudes. Y le imploro a Jesús Sacramentado:

Quédate conmigo y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás a través de mí.

La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti; no de mí; serás Tú quien ilumine a los demás a través de mí. Permíteme pues alabarte de la manera que más te gusta, brillando para quienes me rodean.

Haz que predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo, por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago, por la evidente plenitud del amor que te tiene mi corazón.

Ha terminado la Hora Santa y salgo de la iglesia, sereno con una gran paz interior, y con esta jaculatoria en los labios:

“Quédate conmigo Señor”.

 

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