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¿Conoces a Dios? (Un testimonio bellísimo)

© Waiting For The Word
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Cuando era niño le escribí una carta a Dios. Siempre me imaginé que Dios me miraba desde el cielo y se complacía con mis pequeños gestos de amor. Quería tenerlo contento, como un hijo que hace cualquier cosa por agradar a su padre. Le lleva dibujos, piedrecillas, juguetes, todo lo que para él es valioso y lo comparte con su padre.

Si logras comprender al niño, verás que estos gestos son de amor. Te dice que te quiere. Y que eres importante en su vida. Es lo que de niño hacía con Dios. Le compartía todo. Recuerdo que en ocasiones me iba a una esquina de la casa para hablarle, con la certeza que me veía y escuchaba.

Siempre lo he sabido un padre tierno y misericordioso y justo.

En un gran padre. Lo sé bien. Me ha cuidado con esmero desde la infancia. Y a pesar que no soy el mejor de sus hijos siempre está disponible, atento a mis necesidades.

Recuerdo una vez que conducía el auto y de pronto experimenté un amor tan grande que me inundaba a torrentes. No sabía qué era, qué estaba pasando. Me sentía tan a gusto y feliz.

Ese día estaba enfrentando un problema que me tenía muy preocupado No hallaba cómo solucionarlo. De pronto, inexplicablemente, un amor extraordinario me llenaba el alma. Ocurrió así, de la nada, No lo busqué, ni lo pedí. Conducía el auto pensando en el problema, tratando de solucionarlo, pensaba en las alternativas para enfrentarlo. Y de pronto esto.

“Qué será?” me preguntaba. Nunca me había pasado, no sabía qué era lo que estaba ocurriendo. Algo era cierto. Aquél terrible problema ya no me importaba. Pasó a un segundo plano. Solo era importante este momento en que experimentaba su dulce presencia.

De alguna forma inexplicable sabía que era Dios y me decía que me amaba que era importante para Él, y me abraza en su amor.

No quería que aquella experiencia terminara. Sentí deseos de amar a todos, de abrazar a los que me hacían daño.  E inclusive, pedirles perdón por cualquier ofensa.

Sólo importaba amar.

Comprendí de golpe, aquello tan bello que solía decir san Alberto Hurtado: “¿Para qué está el hombre en el mundo? El hombre está en el mundo para amar y para ser amado”.

De grande he vuelto a escribir mis cartas a Dios. Quería compartirlo contigo. Escribí tantas que hice un libro con ellas. Todas dicen los mismo al final: “Gracias Dios por haberme creado, por ser mi Padre, por mostrarme tu Amor”.

 

…………..

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