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El Poder de un PADRE NUESTRO

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Si tuviéramos  conciencia del gran amor de Dios no perderíamos el tiempo en cosas sin importancia. Dejaríamos de discutir y hacernos daño los unos a los otros.

Acabarían las murmuraciones.

Emplearíamos cualquier oportunidad para estar en la dulce presencia del Padre. Amaríamos a todos, sin medida y perdonaríamos siempre, las ofensas.

Esto se logra con la oración. Nos cambia, nos hace dóciles a Su Palabra.

Es lo que hacía Jesús. Constantemente oraba.

“… él buscaba siempre lugares solitarios donde orar” (Lc 5, 16)

Los grandes santos de nuestra Iglesia siguieron este camino y con frecuencia se retiraban a orar. Buscaban cualquier oportunidad para estar con Dios. Su amor los atraía como la miel a la abeja. Era algo que no podían evitar. Dios habitaba en ellos, como sagrarios vivos.

Por años he tratado de comprender el sentido de la oración para estar cerca de Dios y hacer su voluntad. Primero pensaba que orar era hablar con Dios.  Me decía: “la oración es el lenguaje de Dios”. No importaba en qué idioma rezaras, Él siempre te escucharía.

Luego me dije: “Él amor es su lenguaje”.

Es tan simple. Dios es amor. Por tanto su naturaleza es amar.

Un buen día reflexioné: “¿Por qué Jesús buscaba lugares solitarios para orar? ¿Por qué nos advirtió…?

“Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto: y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. (Mt 6,6)

Nos invitaba a rezar el Padre Nuestro, en lo secreto.

Yo lo hice.

“Padre Nuestro, que estás en el cielo.
Santificado sea tu nombre…”

“Santificado y glorificado… Claudio”.

“¿Eres tú Señor?”

“Yo soy”.

De pronto empecé a experimentar Su Presencia. Era más que una sensación, era una certeza.

Un amor insondable me llenaba el alma y empezaba a desbordarse.

Tuve que hacer un alto y guardar silencio mientras trataba de comprender lo que ocurría.

Vivía un momento de silencios e intimidad con Dios.

“Orar es estar en Tu presencia”, reconocí, aturdido ante tanto amor.

No quería moverme, deseaba detener el tiempo… pero continué rezando el Padre Nuestro.

“Venga a nosotros Tu reino…
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo…”

“¿Lo crees Claudio?”

“¿Qué mi Señor?”

“Que se haga mi voluntad en tu vida”.

“Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”, le imploré. Y continué…

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

“No temas Claudio… Si las personas conocieran mi amor, no temerían”.

Al terminar de rezar comprendí.

Es verdad.

“…vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.” (Mt 6, 8)

“Señor”, le dije, “dejo mi vida en tus manos… y tu perfecta voluntad”.

La oración puede cambiar tu vida y tu historia. Busca momentos de intimidad con Dios.

Te recomiendo la experiencia de rezar un Padre Nuestro, sin pedir nada, abandonándote en Sus manos amorosas, porque ya Dios sabe lo que necesitas.

 

 

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