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San Anselmo de Canterbury

Con el CORAZÓN en ASÍS

Claudio de Castro - publicado el 25/01/16

En 1965, cuando era niño, mis padres me matricularon en una escuela administrada por unas monjas franciscanas. Cierro los ojos y me veo caminando en pantalones cortos, una camisa blanca y corbata azul añil, por sus pasillos iluminados.

Sus ventanales eran enormes y entraba la luz del sol a golpes. Cuando somos niños no comprendemos muchas cosas. Vivimos el día y tratamos de adaptarnos a los cambios, lo mejor posible.

Aquél era el colegio Paulino de san José.

Cada mañana rezábamos al iniciar el día y luego cantábamos alegres canciones. Por las tardes la hermana Ávila nos contaba la vida de san Francisco de Asís. Lo hacía con tal pasión y alegría que nos cautivaba y por momentos creías que estabas caminando al lado del hermano Francisco.

Ese año mágico nos habló de la Tau, nos enseñó la bendición de san Francisco a sus hermanos. Nos contó de su visita al Papa Inocencio III y el célebre sueño que éste tuvo de una iglesia que se derrumbaba y del fraile que la sostuvo.

Sus palabras cambiaron al hablarnos de santa Clara, fray Bernardo y fray Gil.  Nos habló del amor de Francisco por los animales y la naturaleza. De su profunda experiencia en san Damián cuando Cristo le habló.

Ella nos enseñó que el Evangelio es para ser vivido. Que debíamos agradar siempre a Dios, por sobre todas las cosas.

Una influencia positiva en los primeros años de nuestras vidas es fundamental. A mí me cambió para siempre.

Recuerdo con claridad una mañana que se presentó inesperadamente al aula de clases. Algo había ocurrido, pero nunca me enteré. Nos miró con tristeza y dijo:

“Eviten el pecado. No obedezcan si les piden hacer algo contrario al amor de Dios”. 

Nunca he olvidado esa escena. Y por meses me pregunté por qué de esta petición tan extraña.

“¿Quién querría ofender a Dios?”, me decía sin saber, en ese momento, que años más tarde yo lo haría.

Pasaron los años. Una tarde me encontré con un amigo a la salida de la misa.

—Tengo un obsequio para ti — me dijo.

Y sacó del bolsillo de su camisa una tau.

—Estuve en Asís. Me acordé de ti. Y te la he traído.

Solía llevar en el cuello una cadena de oro con una cruz, también de oro. Me quité ambas, besé la tau y me la coloqué.

—A partir de hoy la llevaré conmigo —le dije —. Trataré de ser digno de ella.

Y es la que he llevado conmigo, desde entonces.

Quisiera terminar dándote la bendición de san Francisco:

“El Señor te bendiga y te guarde,
te muestre su rostro y tenga misericordia de ti.
Te mire benignamente y te conceda la paz.
El Señor te bendiga”.

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