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Acude confiado a la Virgen, es tu Madre, implora su protección (Un testimonio bellísimo)

© VINCENZO PINTO / AFP
Papa Francisco y la estatua de la Virgen de Fátima en Plaza San Pedro
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Hace unos días un sacerdote amigo me envió una foto desde la basílica de Guadalupe. Iba a celebrar misa allí. En tanta emoción se me ocurrió pedirle: “Cuando estés frente al manto de san Juan Diego dile a la Virgen que la quiero”.  Los mexicanos tienen la enorme alegría de saberla su madre y protectora.

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”

Me encanta leer estas palabras:

“…aquí estoy yo, que soy tu Madre…”.

Los santos de nuestra Iglesia Católica ha sido siempre grandes defensores, devotos, e hijos amados de la Santísima Virgen María. San Bernardo es uno de los que más me impresiona. Su amor a la Virgen era muy particular. Su “Acordaos”, esa maravillosa oración que compuso, la suelo rezar cuando voy al Santuario Nacional del Corazón de María, en Panamá.

Me coloco frente a una bellísima imagen de nuestra madre del cielo y le rezo confiado:

“Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén”.

Suelo pedirle muchas cosas, un hijo siempre tiene mucho para pedir a su madre y ella es madre, y madre espiritual nuestra.

He conocido casos en los que la intervención patente de la Virgen ha salvado vidas y almas. Nunca dejo de maravillarme.

“…aquí estoy yo, que soy tu Madre…”.

Mi experiencia es que ella siempre acude a los ruegos y súplicas de sus hijos. ¿Por qué? porque ama. Y quiere llevarnos a Jesús.

Una vez leí este bello poema:

“Quien busca oro fino, lo encuentra en la mina, quien busca a Jesús, lo encuentra en María”.

No temas, querido lector, acude confiado a la Santísima Virgen María, pídele un poco de su amor para amar más a Jesús, y que te cubra con su santo manto para no caer en pecado mortal.

La beata sor María Romero Meses, solía rezar esta oración a la Virgen que ella compuso para los momentos de dificultad y que mi madre me enseñó. Te la comparto:

“Pon tu mano Madre mía,
ponla antes que la mía…
Virgen María Auxiliadora,
triunfe tu poder y misericordia,
apártame del maligno y de todo mal
y escóndeme bajo tu manto”.

 

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