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Como Tú lo quieras Señor. Acepto tu voluntad.

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He pasado un año difícil, lleno de problemas y dificultades. Por lo general, el buen Dios se encarga de ellos. Yo los dejo en sus manos amorosas y me entretengo en otros temas. más productivos. No me agrada sufrir, pero si es inevitable, tomo ese dolor y se lo ofrezco, trato de darle valor, que ayude a otros junto a mis oraciones.

Como te conté alguna vez, suelo decirle:

«Señor, cuando Tú lo quieras, donde Tú lo quieras, cómo Tú quieras».

Esta mañana, de pronto tuve una intuición.

Dios convoca los encuentros de formas misteriosas.  Te coloca en un camino desconocido y te dice: «Anda hijo mío. No temas. Yo te envío».

He pensado: «¿Y si de esto se trata todo?»

¿Estoy en este conflicto para llevar su Paz a alguna persona? Es como una certeza… qué extraños pensamientos.

Los caminos de Dios son incomprensibles.  Si no se da esta dolorosa situación tal vez nunca podría llegar a esa persona y jamás lograría hablarle de Dios.

Me han acusado injustamente. Sé que debo ver a mi acusador, perdonarlo, amarlo y decirle esto:

“Tu respuesta, es ésta:

“DIOS TE AMA. Siempre te ha amado».

Tal vez me verá como a un loco.

Me lo han dicho tantas veces: «Tonto, bicho raro, tonto, ingenuo…» pero no importa. Le dije a Dios en una ocasión: «Envíame a mí Señor» y se lo ha tomado muy en serio.

Siento que esta persona busca una respuesta y no la encuentra.

Cuesta mucho ver lo evidente, a Dios en medio. Tal vez esta sea la única oportunidad que tendré para llegar a ella y hablarle de Dios.

Yo, que tonto, me preocupaba por lo que podría ocurrirme y por esa inquietud no veía lo que estaba frente a mí: Un llamado a hacer la santa voluntad de Dios. Ser testigo de Su amor.

«Anda, sé mi testigo, proclama mi Palabra».

No es tan absurdo como parece. Cierta vez en una empresa en la que trabajaba me pidieron llevar, a la salida del trabajo, a un visitante del exterior, y dejarlo en su hotel. Yo estaba apurado, incómodo. Terminó el trabajo y aquél ejecutivo continuaba reunido en nuestras oficinas. Salió muy tarde, cuando se había formado un descomunal congestionamiento vehicular frente a nosotros.

Me preguntaba por qué pasaba esto. El hombre salió y subió a mi auto. Yo solía llevar una estampita de san José visible al lado de los controles de la radio.

«¿Usted es creyente?», me preguntó al verla.

Asentí con la cabeza.

«Yo no», replicó. «Hace mucho dejé de creer».

En ese momento comprendí. Ahora todo estaba claro.

Debía hablarle de Dios,  pero su hotel estaba cerca y no tendría tiempo. Entonces vi el tranque vehicular como una bendición bajada del cielo y me sonreí ante las ocurrencias de Dios.

«Te la sabes todas, Señor», le dije sonriendo.

Y empecé a contarle a este hombre los motivos de mi fe… Las maravillas que Dios hacía en mi vida desde que decidí vivir en su presencia amorosa.

Me dio tiempo suficiente para hablarle de Dios. Llegamos a su hotel. Antes que se bajara del auto le dije: «Dios te ama».

Tengo la impresión que debo decirle esto mismo a una persona. Me pregunto quién es. ¿El que me acusó injustamente? ¿Será otro que está sufriendo?… ¿Eres tú?

«Dios te ama querido lector».

Sembraré esta semilla, esas dulces palabras de consuelo, en su(tu) alma. Dios hará lo demás.

Qué bueno es Dios, ¡santo cielo!

Me he encontrado de frente con el rostro misericordioso de Dios detrás de este problema que no sabía resolver.

Esto ha hecho que todo lo que he pasado este año, valga la pena.

 

 

 

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