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Esperando la HORA de la MISERICORDIA

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He dejado mi celular en el cuarto y me olvido de él.  Hay tanto que hacer y esto me ayuda a no distraerme.  Como sabes, procuro escribir y compartir mis experiencias con Dios.

Qué lejos está la santidad de mi vida. La veo distante,  a veces inalcanzable. Sobre todo cuando caigo en estos pequeños pecados que tanto desagradan a Dios.

Sé que por mis fuerzas nunca podré remontar las alturas del cielo, ni escalar la montaña de Dios, por eso busco ayuda. Como santa Teresita le pido al buen Jesús que ayude a llegar. Que sea Él quien me lleve al cielo.  Me encuentro escribiendo estas líneas y de pronto empieza a sonar la alarma de mi celular.  Es persistente y debo buscarlo para desconectarla.

Miro la hora. Cinco minutos para las tres. 

Me da tiempo para pensar en el buen Jesús y recordar el sacrifico supremo que hizo por nosotros.

En unos momentos darán las tres, la Hora de la Misericordia.

Hoy más que nunca necesitamos la misericordia de Dios.

“A las tres de la tarde en punto, implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y, aunque sea por un breve momento, sumérgete en Mi pasión, particularmente en Mi abandono al momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para todo el mundo. Yo te permitiré entrar en Mi dolor mortal. En esta hora, Yo no rehusaré nada al alma que Me pida algo en virtud de Mi pasión. (Diario de sor Faustina, 1320)

Me lo he tomado muy en serio, tengo un tesoro en las manos y pido muchas gracias para mí y los demás.

Te recomiendo leer el Diario de sor Faustina en estos días santos. Te hará mucho bien.

Solía trabajar en una empresa y siempre salía unos minutos antes de las tres.  Me estacionaba en un parque cercano y allí trataba de “sumergirme en la pasión de Jesús”.  Veía lo que Él sufrió.  Con cada golpe que Jesús recibía me sentía tan mal, era como si me dijera: “Lo hice por ti”.  Rezaba la CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA. Luego regresaba al trabajo y terminaba lo pendiente con más ánimo y entusiasmo.

Esta oración me fortalecía y me ayudaba a tomar buenas decisiones.

¿Ha cambiado en algo mi vida esta costumbre?

No soy mejor, si esa es tu pregunta, sigo siendo el mismo Claudio, terco, impaciente, pecador, pero ahora lo amo más y me siento más unido a Él por su pasión.

Lo que antes no me atrevía a decir, por lo que pudieran  pensar de mí, ahora lo digo abiertamente y me siento feliz al decirle:

“TE AMO JESÚS”.

 

……………

 

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