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3 Tareas que le pongo a mi Ángel Custodio (Un testimonio bellísimo)

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¿Pedirle favores a nuestro ángel de la Guarda?  Sí, se puede y debes. Esto lo aprendí leyendo la vida de muchos santos que tenían a sus ángeles custodios como grandes amigos y les prestaban valiosos favores, sirviendo incluso de enfermeros, a la hora de estar en cama con alguna enfermedad, o de carteros cuando necesitaban entregar una carta urgente y hasta campaneros.

Dios les encomendó el difícil oficio de cuidar y velar nuestros pasos y ayudarnos a llegar al Paraíso al final de nuestra vida temporal. Imagina lo que han de sentir aquellos Ángeles Custodios que no consiguen que sus protegidos logren ir a la presencia de Dios aferrados al pecado mortal. Ha de ser terrible siendo seres espirituales, dotados de gran inteligencia, nobles y puros.

Se cuenta que San Isidro Labrador, gran devoto y enamorado de Jesús, solía empezar su día con la oración y la misa diaria. Un enemigo de esos que nunca faltan, envidioso por lo bien que lo trataba el patrón, Iván de Vargas, lo acusó que era negligente y abandonaba sus tareas en el campo para irse a rezar todos los días a la iglesia del pueblo.

Aquella mañana su enemigo acompañado del patrón, pasó por la Iglesia y allí lo encontraron en las primeras bancas, de rodillas orando devotamente.

Luego fueron ver el terreno donde dan Isidro debía cumplir sus obligaciones agrícolas, arando una tierra muy difícil, preparándola para la siembra y oh… en lugar de encontrarla abandonada,  para su sorpresa vieron al buey con la yunta y el arado, arando la parcela que a San Isidro le tocaba trabajar.

El animal trabajaba, guiado por un joven que «parecía un ángel», abriendo los surcos en la tierra.

Reconociendo en esto un milagro patente, nunca más volvieron a molestar a san Isidro. Se cuenta que después de presenciar este portento el patrón nombró a san Isidro Administrador de su hacienda.

No soy como San Isidro, ni me parezco a él, soy de los que caen a menudo, pero le pido a mi ángel custodio muchos favores y le encomiendo tareas importantes a realizar. Sé que las cumple a cabalidad.

Suelo hablar con mi Ángel de la Guarda. Le agradezco tantos favores palpables que me ha hecho. No lo he visto y no necesito hacerlo para saber qué es él quien me ha sacado de tantos apuros y me llena con pensamientos nobles e inspiraciones para hacer el bien y visitar a Jesús cuando se encuentra abandonado en algún Sagrario.

A menudo le pido:

  1. Cuidarme en medio de las tentaciones. Caigo fácilmente y necesito un aliado a mi lado, que me recuerde lo terrible que es el pecado y cuánto ofende a Dios, que es un Padre bueno y misericordioso.
  2. Visitar a Jesús en el Sagrario. Cuando no puedo ir o estoy muy enredado  le pido que vaya, para que le haga compañía en mi lugar.
  3. Ir al Paraíso. Le pido que vaya rápido a llevar mis oraciones y peticiones y a decirle a Jesús que le quiero.

Esta noche, antes de dormir, no olvides a tu Ángel de la Guarda, nuestra dulce compañía. Y pídele con la oración que de niños nos enseñaron:

«No me desampares, ni de noche ni de día».

¡Dios te bendiga!

 

……………..

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