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1976. El año que soñé con la Virgen

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Esto me ocurrió en el verano de 1976. Era joven,  desconocía muchas cosas y soñé con ella, nuestra Madre celestial.

En esos días no me portaba muy bien. Era mi época de  Estudiante Universitario, cuando me creía dueño del  mundo y pocas cosas me importaban de verdad.

Aquella tarde me acosté a descansar y soñé…

Caminaba por una vereda y me llamó la atención ver el sol suspendido en el cielo, girando como un trompo, con destellos multicolores.  “Qué extraño es esto”,  pensé. De pronto se abrió como una ventana en medio del sol y se asomó una monja franciscana a la que le tenía mucho cariño y había muerto un año atrás en un accidente automovilístico, la hermana Ávila.  Me alegré mucho al verla y saber que estaba en el cielo.

A su lado, de pronto, apareció la Virgen María. Era una mujer joven, hermosa, radiante, luminosa.  

Me miró con una dulzura tan grande e infinita que me atravesó el alma.

Me sentí amado.

No podía apartar la vista de ella.  Su mirada cambió. Como la de una madre que ve a su hijo con un dolor profundo. Sabía que yo era la causa de ese sufrimiento.

Qué mal me he sentido.

Volvió a sonreí y me dijo estas palabras que nunca he podido olvidar:

“Aún hay tiempo”.

Tendría tiempo para recapacitar, hacer las cosas de forma diferente, darme cuenta que Dios nos ve, que nos ama, que cuando apartamos de Él, nos busca con ahínco.  

No he sido el mismo desde entonces. He tratado de mejorar, de cambiar, y buscar a Dios.

No creas que por escribir estas palabras soy una mejor persona. Tengo los mismos problemas que solemos tener los papás y esposos.  Trato de sacar adelante a mi familia. Fortalecerlos en la fe.  Y no es sencillo en un mundo como éste.

No estoy exento de dudas, pecados, y adversidades.

Caigo y me levanto. Me equivoco y vuelvo a intentarlo.

Cada mañana, al despertar, saludo a la Virgen, le ofrezco mi día.  Le doy un piropo diciéndole  lo bella que está.

Sé que nuestra Madre vela por todos nosotros. Y eso me da un gran consuelo. Me permite seguir por la vida bajo su mirada protectora.  Y en muchas ocasiones me he dado cuenta que ella estuvo presente cuidando mis pasos.

Saber que la Virgen intercede por ti y por mí me llena de esperanza.

¡Qué bueno es tenerla por Madre!

 

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