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Zzzsssssssss… ¡Zas!

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Detesto a las moscas. Son una de las especies animales que me ayudan a preguntarme qué estaba pensando el Creador en el momento en el que decidió que las moscas eran imprescindibles en su Paraíso. Desconozco la relación que Adán y Eva tuvieron con las moscas en el Jardín del Edén y si el efecto del pecado original las alcanzó también a ellas. Tal vez, antes del desliz de Eva, las moscas eran seres simpáticos, tiernos y nada pesados. Tal vez jugueteaban revoloteando entre los cabellos de la primera pareja y, también con ellas, Dios fue conformando el hogar que luego sería trágicamente abandonado. Seguramente, de aquella, las moscas eran atraídas por la más fulgurante de las luces y no, como ahora, por la más pestilente de las oscuridades.

Escribo sobre las moscas porque hacerlo, de alguna manera, es escribir sobre la misma vida, sobre la rutina que tantas veces nos molesta, sobre las ansias que se instalan en nuestro alrededor y nos persiguen, tenazmente, hasta sacarnos de nuestras casillas.

Las moscas entran sin saber uno muy bien por dónde. En la cocina, en el salón, incluso en el dormitorio. Aun cuando parece que no están, están; aun cuando parece que se han ido, permanecen, sigilosas, imperceptibles. Las descubres cuando ya las tienes demasiado cerca, cuando rozan la piel de tus brazos, de tus manos; cuando violan el espacio personal, descaradas, y te miran a los ojos. Consiguen sacar lo peor de uno y eso es lo que las atrae. Sus ojos y sus alas, su pequeño cuerpo azulado, ven la sombra que nos habita, el aspaviento que brota, el exabrupto que grita, la mierda, con perdón, que llevamos encima.

Todos conocemos moscas con nombre propio, de esas de las que uno se pregunta si no tendrán mejores cosas que hacer que dar por saco. Sí, amigos, existen y actúan sin contemplaciones.

¿Soluciones? La principal es la limpieza. No dejar las propias sobras vitales a la vista, no permitir que la suciedad nos habite en demasía, desprender la necesaria fragancia para espantarlas. ¿Insecticida? Precaución. El veneno que acaba con ellas es también veneno para nosotros. Mejor cerrar ventanas en los peores momentos, tapar grietas, proteger vías de entrada. Cuidar el espacio interior, el hogar propio, y esperar a que pase el momento.

La vida de las moscas es fugaz. Paz y esperanza, que las moscas se irán.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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