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Yo tengo una amiga, un regalo de Dios

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Yo tengo una amiga. La quiero desde hace casi 25 años.

Con ella he descubierto que los amigos estamos siempre, más cerca o más lejos. Lo que nos define no es la distancia kilométrica a la que se encuentren nuestros hogares, ni el número de llamadas telefónicas hechas al mes, ni el número de whatsapps enviados por día, ni tan siquiera el número de vacaciones compartidas o el de lugares descubiertos juntos. A los amigos como nosotros nos define, sencillamente, el amor y la lealtad. Ella y yo decidimos querernos y ser amigos en silencio. No nos lo decimos continuamente porque no lo necesitamos. Lo que el corazón sabe, la boca no necesita proclamarlo con desmesura.

Cuando nuestra amistad comenzó, teníamos alrededor de 15 años. El colegio, como tantas veces, sirvió de lugar especial donde las amistades brotan, se forjan y se asientan. Compartimos pupitre un solo año y luego, simplemente, compartimos curso estando en clases contiguas. Ella siempre fue un “chica de letras” y yo fui un “chico de ciencias” al que también le apasionaban las letras. Juntos dimos el discurso de graduación en el ya extinto COU. Compartimos el primer Camino de Santiago de nuestras vidas y puede que, al amparo del Apóstol y sin darnos casi cuenta, nuestros corazones, nuestras miradas y nuestros pasos quedaran ya unidos para siempre.

Hubo un tiempo en que me enamoré de ella y en el que su pelo negro y sus ojos chispeantes protagonizaron mis sueños y mis anhelos. Pero ella nunca correspondió a ese enamoramiento incipiente. Ni eso fue motivo para que dejáramos de ser amigos, como piensan muchos. Juntos vimos cómo el otro se enamoraba y cómo cada uno comenzábamos a dar pasos en el mundo del amor y de la pareja. Nos descubrimos felices en brazos de otros y nos deseamos lo mejor para siempre…  Cuando ella decidió casarse, allí estuve yo. Cuando yo me casé, allí estuvo ella.

Vivir a casi 600 km. de distancia no es obstáculo para amigos de verdad. No lo ha sido para nosotros. Llegaron los hijos y ambos, con nuestras parejas, pudimos disfrutar de ver cómo la siguiente generación crecía y, también, se conocía. No corre la misma sangre por nuestras venas y, aún así, para nuestros hijos respectivos, somos alguien de la familia, importante, de confianza. No soy tío, ni abuelo, ni primo de su hija, pero soy el amigo de su madre, el de siempre, el que está, el que permanece… Y ella es lo mismo para mis hijos.

Cuando los malos momentos han llegado, hemos encontrado el uno en el otro un refugio que no tiene precio. Un refugio preparado para llorar, para acurrucarse cuando la debilidad y la tristeza no permiten ni siquiera levantar la cabeza, para sentir el calor de estar en casa, la seguridad de una amistad inamovible, inalterable, invencible… Llorar junto a ella, junto aquella con la que he soñado la vida de adulto hace 25 años, es simplemente una experiencia llena de ternura, de fe, de caricias que se dan sin ser dadas. Al fin y al cabo… juntos estábamos y soñábamos antes de que muchos de los que hoy queremos ni siquiera existieran…

Yo tengo una amiga. Ella es un regalo de Dios. Su amistad le da hondura a esta existencia donde parece que todo pasa, que todo acaba, que todo se destruye… No, no todo…

Te quiero, amiga.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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