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Vivir deprisa, vivir mal

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La prisa es muy mala compañera. Salir corriendo de casa. Ir corriendo al trabajo. Comer corriendo. Volver corriendo. Recoger a los niños corriendo. Llevarlo aquí y allá corriendo. Y, cuando llega el final del día, tirarse en la cama o en el sofá como si uno hubiera participado en la batalla de Stalingrado.

La prisa y la sensación de que no hay tiempo y de que se llega tarde a todas partes, hacen que la calidad de vida disminuya considerablemente. Uno pierde la conciencia sobre todo lo que le sucede. Incapaz de saborear ningún momento, la sensación es la misma que cuando una come y la comida le sabe nada o cuando uno bebe por prescripción médica, sin sed. Muchas cosas que nos bombardean de la mañana a la noche y la prisa nos impide quedarnos con nada. El cansancio físico y psicológico al final de la jornada es tal, que ni siquiera se puede recordar nada ni hablar de nada, ni contar nada, ni compartir nada. Uno sólo quiere coger cama y dormir.

Este ahogo acaba traduciéndose también en un ahogo espiritual. Te vas desconectando de ti mismo, de quién eres, de lo que te gusta y de lo que necesitas. No te deja disfrutar nada y te conviertes en un auténtico superviviente, incapaz de disfrutar de ningún don recibido. La oración suele desaparecer. Y la conversación profunda con los hijos o el cónyuge. O el rato de compartir con los amigos. O, simplemente, un espacio para el silencio activo. O para cocinar. O para leer.

¿Podemos intentar poner freno? Seguramente hay que revisar la vida e intentar ver qué se puede cambiar. Tal vez el trabajo sea absorbente o estamos en demasiadas cosas o los horarios los tenemos mal planificados o queremos abarcar demasiado. Pero aún así se puede empezar a cambiar alguna actitud para presentarle batalla a la condenada prisa:

  • Levantarse un poquito antes y tener tiempo para comenzar el día saboreando los primeros pasos. Disfrutar el rato del desayuno, sin prisa. Leer un poquito o escuchar las noticias. O dos minutos de oración. Podernos luego vestirnos y ducharnos despacio, sin excesos, y salir de casa sin correr. EMPEZAR EL DÍA SIN CORRER ES FUNDAMENTAL.
  • Buscar algún rato a lo largo de la mañana y la tarde para parar en mi tarea y permitirme un café, una conversación, una llamada telefónica. Dedicar un ratito a otros.
  • No caer en la trampa de la prisa y darse tiempo para comer. Desterrar del lenguaje frases como «tengo 10 minutos», «hoy tengo que comer rápido», etc. Intentar parar el cuerpo, bajarlo de velocidad.
  • Al llegar a casa, por la tarde, buscar un rato para ti. Darse una ducha, leer un poco, escuchar música, cerrar los ojos un ratito… Intentar no estar pendiente del móvil, silenciarlo y dejarlo a un lado.
  • Antes de acostarse, ver alguna serie, alguna película con tu pareja, sacar un rato para charlar, hablar de uno mismo, compartir el día, escuchar, conversar con los niños… y no irse a la cama sin dar gracias a Dios por algo bueno, pequeño o grande, que haya hecho del día algo único.

Ya hay suficientes preocupaciones, sufrimientos, tareas, desvelos y compromisos a lo largo del día como para, además, tenerlos que vivir con prisa. ¿No crees? Para el cronómetro. Y vuelve a empezar… más despacio.

Un abrazo fraterno
www.santicasanova.com

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