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Viaje espiritual a las fronteras

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“Tren con destino Madrid- Chamartín. Próxima parada, Peñaranda de Bracamonte.”

Son las 7:52 de la mañana y por la ventana puedo imaginarme cómo debe sentirse esa tierra plagada de cultivos de cereal cuando la luz tenue y templada del amanecer la acaricia. Algunas aves sobrevuelan los sembrados en busca de alguna presa y el cielo parece estar todavía desperezándose tras una noche a la intemperie.

Viajar es una actividad profundamente espiritual, da igual la distancia y el destino. Es un momento propicio para contemplar el presente con serena mirada, para imaginar el futuro con ilusión y para recordar el lugar de donde se parte y al que uno, casi siempre, puede volver. Creo, que en el fondo, viajar es como irse de ejercicios espirituales pero en movimiento. Sólo tienes que sintonizar un poquito con el silencio y procurar no girar la vista en el momento en el que lo que eres se presenta ante tus ojos.

La Biblia está llena de viajes. Israel es un pueblo en camino. El mismo Jesús, sobre todo en el Evangelio de Lucas, nos presenta el camino como un lugar teológico de encuentro con Él. Y luego viene Pablo y sus incesantes rutas evangelizadoras. Es como si Dios nos estuviera dejando claro que uno nunca acaba de llegar, que uno debe estar dispuesto a moverse, que el “ya llegué” o el “no pienso levantarme” nada tienen que ver con la fe y con lo más profundo del ser humano.

La tierra se ha vuelto marrón ahí afuera. Algunos árboles salpican el paisaje con exquisito gusto. Pinceladas de nubes dibujan un horizonte claro aunque sin certezas absolutas. El sol coge altura y comienza a dejarse sentir con fuerza.

Pienso en el día de ayer y en el enfado y la tristeza que me provocaron ciertos acontecimientos. Pienso en cómo pierdo la paz intentando llegar a un sueño que sigue esquivo. Me descubro en la frontera, en a difícil tesitura de aceptar con confianza o luchar con tesón. De viaje. Así se encuentra mi espíritu hoy. De camino.

En un rato tendré que abandonar el tren en el que voy para coger otro. Los trasbordos que tanto evitamos, en el fondo, son claras señales de que pocos son los caminos directos en la vida, por más que esta sociedad nuestra nos haya hecho creer que a los sitios se llega rápido y sin paradas. No todos los trenes llevan al destino al que uno se dirige. A veces el tren es simplemente un medio para coger otro tren, para situarnos más cerca, para crecer en el trayecto y dar tiempo. Quién sabe…

Verde pálido es el bosque de encinas que atravesamos. Dorado es el suelo que contemplo. Sigo mi camino, solo, acompañado.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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