En el marco de la celebración el próximo domingo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, estoy pensando estos días acerca de cómo estamos transmitiendo la Buena Noticia del Evangelio en nuestros entornos. Estamos en el siglo XXI, internet está hasta en la sopa y nos comunicamos de manera muy distinta a como lo hacían nuestros padres, nuestros abuelos y, cuánto más, nuestros antepasados más lejanos. Pero, ¿es ese el problema? ¿Es simplemente ver cómo hacer para meter el Evangelio entre los unos y ceros que gobiernan el universo digital? Creo que no.
Muchas veces constato, cuando rezo con los niños en el cole, que hoy nos sentimos plenos, contentos con nuestras vidas y con la sociedad, occidental y acomodada en mi caso, que nos ha tocado vivir. Seguimos las guerras por la tele, hablamos de los pobres como si fueran artículos de coleccionista y basamos nuestra felicidad en nuestro propio bienestar. Hacemos running y yoga y crossfit y controlamos mucho de comida sana, de técnicas de relajación y de series de televisión, generalmente de zombies bien pertrechados para el fin del mundo. Y entre tanto adormecimiento general, es fácil darse cuenta de que la gente hoy no tiene sentido de necesitar ser salvada absolutamente de nada. Pensamos que lo tenemos todo, que podemos todo, que sabemos de todo. Y entonces me pregunto si alguien entenderá el mensaje de salvación de Jesús de Nazaret, si alguien entenderá qué es eso de la resurrección, en un mundo de drones, ciborgs y donde la ciencia dice que nadie se morirá en un futuro. La gente ya no sabe qué es el pecado ni tiene conciencia de necesitar ser perdonada. Porque corremos hacia adelante, aturdidos por el ruido ensordecedor de una actividad sin fin.
San Pablo es maestro evangelizador en tierras y sociedades con otras divinidades, con otros conceptos, con otros apriorismos, con otros valores, distinto todo del entorno judío que él conocía. Pablo no se asustó. Miró. Conoció. Valoró. Y descubrió que bajo el manto de la seguridad, del éxito, de la complacencia y del placer… había sed. Pablo supo descubrir el agujero vacío en el corazón de aquellos griegos, de aquellos romanos, que nada sabían de Jesús de Nazaret. Y supo adaptar su historia, adaptar su mensaje, adaptar su lenguaje… para que aquellos entendieran y, entendiendo, acogieran y, acogiendo, se enamoraran de Cristo.
Urge que hagamos lo mismo. Urge la traducción de un lenguaje alejado de la gente. Urge la actualización de ritos que nada tienen que ver ya con la vida de muchas personas. Urge mirar a la sociedad que tenemos delante para conocerla y amarla. Sólo desde el amor, se puede ser testigo de Cristo.
Un abrazo fraterno – @scasanovam