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Un matrimonio fuerte se deja ayudar

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¡Qué parcos somos los matrimonios en contar nuestros problemas! ¡Y lo bien que nos iría compartirlos con otros que, como nosotros, afrontan el mismo tipo de aventura y comparten, también, venturas y desventuras en el largo camino! Nos da vergüenza. Nos da pudor decir en alto que tenemos problemas, que las cosas no marchan como nos gustaría, que estamos limando asperezas, que seguimos en continuo crecimiento y aprendizaje, años después del sí quiero en el altar o en el juzgado.

Llevamos en la sangre dos ideas que, si bien son buenas y sanas cuando se viven con naturalidad, pueden volverse en contra nuestra cuando dejamos que cojan el centro de nuestra realidad, sacrificando incluso nuestra propia salud matrimonial. Me refiero a la intimidad y a la perfección. La intimidad… esa “virtud” prudente que nos hecho entender que la ropa sucia se lava en casa, que lo que se dice en el vestuario, se queda en el vestuario, que la familia se entiende sobre todo hacia dentro y no hacia afuera… Esa virtud que nos ha empujado, en muchos casos, a tragar, a tapar, a aguantar, a cargar con fardos pesados, a conservar lo malo conocido en lugar de apostar por lo bueno por conocer, a quedarnos sin oxígeno en el hogar, a mirar con recelo lo que viene de fuera, a sentir peligro allí donde sólo hay oportunidad, a ser miopes y usureros familiarmente hablando, a no pedir ayuda, a no compartir con nadie, a llenarnos de sombra. La perfección… esa “virtud” que nos empuja al cielo, que nos lleva a superarnos y que, tantas veces, nos ha hecho olvidar el don de la familia que tenemos, que nos ha traído amargor, riña, frustración conyugal, paternal y filial, que nos ha empujado a ser una cosa de puertas hacia afuera y a vivir otra de puertas hacia dentro, que ha hecho de la esquizofrenia familiar nuestro hábitat más común.

Me atrevo a afirmar que todos los matrimonios necesitamos caminar con otros. Todos los matrimonios necesitamos escuchar a otros. Todos los matrimonios necesitamos contarnos y abrirnos. Todos los matrimonios necesitamos, en algún momento de nuestra vida, ser ayudados, orientados. ¡Qué sano es esto! Y no estoy hablando de quedar con amiguetes o amiguitas para poner a caldo a mi pareja o hablar de sus intimidades, de cómo se comporta en la cama, de si me deja satisfecho o de las manías que tiene. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de compartir cómo nos sentimos, qué emociones experimentamos, cómo anda nuestro proyecto de familia, qué dificultades afrontamos, cuáles son nuestros desencuentros y faltas de entendimiento, lo difícil que resulta a veces comunicarse adecuadamente, la niebla que se cierne en etapas áridas y secas…

No necesitamos consejeros gratuitos, palmaditas en la espalda, empujones rupturistas… En general, necesitamos voces sabias, oídos atentos, caricias cercanas, palabras justas pero certeras que nos ayuden a seguir, a seguir, a seguir…

Me alegro mucho cada vez que una pareja me dice que ha empezado una terapia o que ha buscado ayuda externa y profesional, orientación familiar. Eso es de valientes. Eso es de amantes. Eso es signo de fuerza, no de debilidad. Sólo los fuertes saben luchar, porque se saben débiles. Sólo los que tienen fe optan por intentar mejorar para seguir creciendo. Sólo los que aman conocen el valor de la oportunidad y el valor de aquel o aquella con quién han decidido compartir la vida. El que necesita ayuda y no la busca, ni la acepta… opta por el desamparo y la autosuficiencia y eso, desgraciadamente, suele acabar mal.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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